Es de perogrullo, ¿verdad? Nadie merece la muerte. Nadie merece morir. Y sin embargo a veces parece que no, que no es de perogrullo. Abro un periódico, miro un programa de noticias, escucho la radio y parece que no, que nadie tiene clara esta verdad universal que sin embargo, todos damos por buena.
No hay excusa para matar a nadie. Ningún motivo es lo bastante bueno. Y punto. No me puedo extender más, porque es que no hay nada más que decir.
Y lo triste es que se usen las muertes, en España, en Israel, en Estados Unidos o donde sea, para hacer política, para echar leña al fuego, para enardecer a la opinión pública.
Una muerte es una tragedia siempre. Una fuente inagotable de dolor. No es un voto, no es un cheque en blanco para matar a otra persona, no es nada más que un vacío imposible de llenar.
No matéis a nadie, no deseéis la muerte de nadie, no la celebréis, no la pidáis. Una muerte es una muerte, y no la merece nadie.
domingo, 9 de marzo de 2008
martes, 4 de marzo de 2008
Idioteces varias
Volvemos a estar en campaña electoral. Y hoy más que nunca me sorprendo ante la falta de escrúpulos y de ideas de los políticos (ingenua que es una).
Dos partidos, dos, llevan como uno de sus lemas en campaña la frase "Aquí no cabemos todos". Qué bonito. No voy a entrar en discusiones éticas sobre la inmigración, porque creo que mi postura está más que clara, pero si me disculpan las mentes preclaras de estos dos partidos, voy a entrar en cuestiones prácticas, que parece que son las únicas que preocupan a la clase política.
Primero y primordial: ¿quién decide quién no cabe? Empezamos echando a los inmigrantes y después ya decidiremos si tampoco caben... no sé, los delincuentes reincidentes, los violadores y los homicidas. Repatriémoslos a todos a... Bueno, no sé, ya encontraremos algún país al que podamos enviar a todos los indeseables que nos queramos quitar de encima. Y después, según el partido que gane las elecciones, echemos también del país a los periodistas que no nos caigan bien, a los tertulianos... y vamos, ¿por qué no? Echemos del país a todos los que no sean del Real Madrid, que ya está bien de tener tantos miramientos.
O mejor, echemos solo a los inmigrantes que nos caigan mal, y a los que nos caigan bien o necesitemos para hacer esos trabajos que no quiere hacer nadie, pagarles cuatro duros y no darles de alta ni en la Seguridad Social, hagámosles firmar un papelito que digan que entienden y respetan nuestra cultura. ¡Qué gran propuesta! Un contrato mediante el cual se comprometan a dejar sus costumbres bárbaras y a adoptar las nuestras. Seguro que así conseguimos que se vuelvan todos blancos, rubios y con los ojos azules. Y a los que se nieguen a firmar el contrato, neguémosles servicios y derechos que tienen todos los demás ciudadanos. Venga, el que no se comprometa a hablar castellano (o catalán) en dos meses, no tendrá acceso a la escuela pública, ni a ayudas de ningún tipo, ni a la Sanidad. Qué se han creído...
Creer que alguien va a adaptarse a un país por firmar un papel es una de las idioteces más profundas que he oído últimamente. ¿Que lo hicieron los holandeses? Vale, los holandeses también tienen legalizadas las drogas, ¿a qué esperan para proponerlo? Una mala idea es una mala idea surja del país que surja. Y me parece mucho más inteligente la legalización de las drogas, qué quieren que les diga...
Para que la gente se adapte a un país solo funciona una cosa, el diálogo social, las políticas de acogida y la destrucción de los guetos que se organizan de forma natural en las ciudades. Cuando se escolariza a los niños extranjeros entre niños locales, cuando los vecinos reciben al recién llegado de una manera constructiva, cuando se tiene acceso a clases de idioma gratuitas, cuando en el trabajo no te explotan, ahí se empieza a sentir un aprecio y un apego por el país al que se llega. Que conste que esto no significa que los inmigrantes no deban hacer un esfuerzo de integración, que deben hacerlo, pero no se les puede forzar a ello, ni con un papel, ni negándoles derechos (que me parece un atentado contra los derechos humanos).
Y después el problema más práctico de todos. No paro de oír que hay que controlar la inmigración. ¿Alguien me puede explicar cómo? Para entrar a Europa en avión hay que pasar miles de controles, justificar todos tus movimientos en la comunidad y presentar el billete de vuelta. La inmigración que llegaba en aviones, principalmente desde América, ya no llega. Ya no vienen ni de turismo, porque los requisitos que se piden para pasear por la Sagrada Familia son tales que desaniman a cualquiera. Pero resulta que tenemos un continente sin fronteras, que además está a cincuenta kilómetros por mar del continente al que nos hemos dedicado a aplastar desde que el mundo es mundo.
¿Alguien me quiere explicar cómo vamos a evitar que lleguen inmigrantes africanos o de la Europa del este? ¿Vamos a poner vallas electrificadas por toda la costa? ¿Vamos a tener un policía en cada playa española? Los inmigrantes entran. Si los pillamos a tiempo, los repatriamos. Si no los pillamos a tiempo, tenemos gente dando vueltas por el país, la mayoría de ellos indocumentados a los que no podemos repatriar. Y los repatriamos y vuelven. Y van a volver, y van a seguir llegando.
La única solución es tener una excelente relación con los países de origen para poder establecer políticas conjuntas para evitar la inmigración. Invertir en los países de origen para conseguir que poco a poco la gente deje de venir.
Hace unos días oía a un fotógrafo, el fotógrafo que tomó las fotos de los bañistas de las playas canarias socorriendo a la patera que había llegado a la costa, emocionarse y con voz quebrada decir que no entendía que ciertos políticos hicieran negocio con ese drama humano.
Yo tampoco lo entiendo. Ni desde un punto de vista práctico, ni mucho menos, desde un punto de vista ético. Nadie se juega la vida por nada, nadie llega a la costa con hipotermia, desnutrido y al borde de la muerte, para joder a nadie. Y si no cabemos todos, hagamos lo posible por encontrar el sitio donde quepa la gente que no tiene nada. Que, por cierto, en mi modelo de país, siempre tendría un lugar.
Dos partidos, dos, llevan como uno de sus lemas en campaña la frase "Aquí no cabemos todos". Qué bonito. No voy a entrar en discusiones éticas sobre la inmigración, porque creo que mi postura está más que clara, pero si me disculpan las mentes preclaras de estos dos partidos, voy a entrar en cuestiones prácticas, que parece que son las únicas que preocupan a la clase política.
Primero y primordial: ¿quién decide quién no cabe? Empezamos echando a los inmigrantes y después ya decidiremos si tampoco caben... no sé, los delincuentes reincidentes, los violadores y los homicidas. Repatriémoslos a todos a... Bueno, no sé, ya encontraremos algún país al que podamos enviar a todos los indeseables que nos queramos quitar de encima. Y después, según el partido que gane las elecciones, echemos también del país a los periodistas que no nos caigan bien, a los tertulianos... y vamos, ¿por qué no? Echemos del país a todos los que no sean del Real Madrid, que ya está bien de tener tantos miramientos.
O mejor, echemos solo a los inmigrantes que nos caigan mal, y a los que nos caigan bien o necesitemos para hacer esos trabajos que no quiere hacer nadie, pagarles cuatro duros y no darles de alta ni en la Seguridad Social, hagámosles firmar un papelito que digan que entienden y respetan nuestra cultura. ¡Qué gran propuesta! Un contrato mediante el cual se comprometan a dejar sus costumbres bárbaras y a adoptar las nuestras. Seguro que así conseguimos que se vuelvan todos blancos, rubios y con los ojos azules. Y a los que se nieguen a firmar el contrato, neguémosles servicios y derechos que tienen todos los demás ciudadanos. Venga, el que no se comprometa a hablar castellano (o catalán) en dos meses, no tendrá acceso a la escuela pública, ni a ayudas de ningún tipo, ni a la Sanidad. Qué se han creído...
Creer que alguien va a adaptarse a un país por firmar un papel es una de las idioteces más profundas que he oído últimamente. ¿Que lo hicieron los holandeses? Vale, los holandeses también tienen legalizadas las drogas, ¿a qué esperan para proponerlo? Una mala idea es una mala idea surja del país que surja. Y me parece mucho más inteligente la legalización de las drogas, qué quieren que les diga...
Para que la gente se adapte a un país solo funciona una cosa, el diálogo social, las políticas de acogida y la destrucción de los guetos que se organizan de forma natural en las ciudades. Cuando se escolariza a los niños extranjeros entre niños locales, cuando los vecinos reciben al recién llegado de una manera constructiva, cuando se tiene acceso a clases de idioma gratuitas, cuando en el trabajo no te explotan, ahí se empieza a sentir un aprecio y un apego por el país al que se llega. Que conste que esto no significa que los inmigrantes no deban hacer un esfuerzo de integración, que deben hacerlo, pero no se les puede forzar a ello, ni con un papel, ni negándoles derechos (que me parece un atentado contra los derechos humanos).
Y después el problema más práctico de todos. No paro de oír que hay que controlar la inmigración. ¿Alguien me puede explicar cómo? Para entrar a Europa en avión hay que pasar miles de controles, justificar todos tus movimientos en la comunidad y presentar el billete de vuelta. La inmigración que llegaba en aviones, principalmente desde América, ya no llega. Ya no vienen ni de turismo, porque los requisitos que se piden para pasear por la Sagrada Familia son tales que desaniman a cualquiera. Pero resulta que tenemos un continente sin fronteras, que además está a cincuenta kilómetros por mar del continente al que nos hemos dedicado a aplastar desde que el mundo es mundo.
¿Alguien me quiere explicar cómo vamos a evitar que lleguen inmigrantes africanos o de la Europa del este? ¿Vamos a poner vallas electrificadas por toda la costa? ¿Vamos a tener un policía en cada playa española? Los inmigrantes entran. Si los pillamos a tiempo, los repatriamos. Si no los pillamos a tiempo, tenemos gente dando vueltas por el país, la mayoría de ellos indocumentados a los que no podemos repatriar. Y los repatriamos y vuelven. Y van a volver, y van a seguir llegando.
La única solución es tener una excelente relación con los países de origen para poder establecer políticas conjuntas para evitar la inmigración. Invertir en los países de origen para conseguir que poco a poco la gente deje de venir.
Hace unos días oía a un fotógrafo, el fotógrafo que tomó las fotos de los bañistas de las playas canarias socorriendo a la patera que había llegado a la costa, emocionarse y con voz quebrada decir que no entendía que ciertos políticos hicieran negocio con ese drama humano.
Yo tampoco lo entiendo. Ni desde un punto de vista práctico, ni mucho menos, desde un punto de vista ético. Nadie se juega la vida por nada, nadie llega a la costa con hipotermia, desnutrido y al borde de la muerte, para joder a nadie. Y si no cabemos todos, hagamos lo posible por encontrar el sitio donde quepa la gente que no tiene nada. Que, por cierto, en mi modelo de país, siempre tendría un lugar.
viernes, 25 de enero de 2008
De la libertad de idioma
Es curioso como cada vez que hay un conflicto en Catalunya, los más indignados, los más airados, los más lividos y los más ruidosos son aquellos que no viven en Catalunya. No paran de gritar que se rompe algo, o que falta solidaridad o libertad o lo que sea que toque que falte en ese momento. No paran de verter visiones apocalípticas sobre nuestra situación y nos auguran un descenso moral, económico, ideológico o del tipo que sea. Día tras día, envenenan a todo aquello que quiera escucharles y hacen que después, cuando la gente viene a Catalunya, nos miren sorprendidos y nos digan: "Vaya, pero si aquí no pasa nada".
Para aquellos que no lo sepan, los catalanes no tenemos problemas de identidad. Tenemos diferentes maneras de sentir nuestra identidad, diferentes maneras de vivirla, sí, pero no tenemos ningún problema. Aceptamos que la gente hable una lengua diferente a la que usamos nosotros en casa, sea esta cual sea; aceptamos también que alguien sienta unos colores diferentes a los nuestros, sea en el campo futbolístico o en el patriótico; aceptamos, sin más, que la gente es diferente, diferente de otra gente, viva en su misma ciudad, en su misma provincia, en su mismo país o en su mismo planeta.
No hay problemas por el tema de la escolarización. Los niños aprenden tres o cuatro lenguas en el cole y salen hablando perfectamente castellano y catalán (sea cual sea su lengua materna) y con un buen nivel de inglés o francés. No encontrarán un solo catalán que no hable castellano, aunque sí que encontrarán muchos casos inversos.
He oído hablar estos días de libertad para escoger. Curiosa libertad esa que es selectiva. Curiosa libertad que nos quiere permitir elegir nuestro idioma de escolarización, pero nos quiere imponer la religión.
La situación en Catalunya es tranquila. No nos sacamos los ojos por hablar idiomas diferentes. Tenemos la escolarización en el idioma más desprotegido, el que solo usa un 40 por ciento de la población de Catalunya, lo que significa que, a grosso modo, seis de cada diez niños que van al colegio son hablantes de la lengua mayoritaria, a los que les va muy bien tener un contacto con la lengua minoritaria que de otro modo no tendrían. Y lo curioso es que mi hijo, de cuatro años, con solo año y medio de escolarización, viviendo en un ambiente totalmente monolingüe, habla perfectamente los dos idiomas oficiales, sin vivir ningún trauma por hablarlos, sin concederle ningún valor político o sentimental a ninguna de las dos lenguas. Habla conmigo un idioma y con algunos amigos suyos, otro. Canta en un idioma, ve las películas en dos y empieza a recitar preciosas poesías en un tercer idioma. ¿Problemas? Ninguno. Todo son ventajas.
La demagogia es peligrosa, pero lo es más aun cuando es mentirosa, alarmista y xenófoba. Aquellos que proclaman la libertad de decidir son los mismos que en otros casos niegan cualquier posible autodeterminación, niegan la libertad de decidir en otros temas más sensibles, más delicados e infinitamente más complicados.
Dejen que nuestros hijos sigan aprendiendo a hablar idiomas, sigan viviendo su bilingüismo con la maravillosa naturalidad con la que lo viven ahora. No generen problemas que no son tales. Vengan a vivir un par de años a Catalunya y comprueben de primera mano que los conflictos no existen, que somos una gente curiosa, que celebra las derrotas, que baila con las manos cogidas y que monta castillos humanos para llegar más alto. Y que somos prácticos y tan discretos que no nos peleamos por cosas tan íntimas como los sentimientos, las filiaciones o la manera de expresarnos. Nos respetamos tal y como somos, aunque a otra gente le cueste hacer lo mismo.
Para aquellos que no lo sepan, los catalanes no tenemos problemas de identidad. Tenemos diferentes maneras de sentir nuestra identidad, diferentes maneras de vivirla, sí, pero no tenemos ningún problema. Aceptamos que la gente hable una lengua diferente a la que usamos nosotros en casa, sea esta cual sea; aceptamos también que alguien sienta unos colores diferentes a los nuestros, sea en el campo futbolístico o en el patriótico; aceptamos, sin más, que la gente es diferente, diferente de otra gente, viva en su misma ciudad, en su misma provincia, en su mismo país o en su mismo planeta.
No hay problemas por el tema de la escolarización. Los niños aprenden tres o cuatro lenguas en el cole y salen hablando perfectamente castellano y catalán (sea cual sea su lengua materna) y con un buen nivel de inglés o francés. No encontrarán un solo catalán que no hable castellano, aunque sí que encontrarán muchos casos inversos.
He oído hablar estos días de libertad para escoger. Curiosa libertad esa que es selectiva. Curiosa libertad que nos quiere permitir elegir nuestro idioma de escolarización, pero nos quiere imponer la religión.
La situación en Catalunya es tranquila. No nos sacamos los ojos por hablar idiomas diferentes. Tenemos la escolarización en el idioma más desprotegido, el que solo usa un 40 por ciento de la población de Catalunya, lo que significa que, a grosso modo, seis de cada diez niños que van al colegio son hablantes de la lengua mayoritaria, a los que les va muy bien tener un contacto con la lengua minoritaria que de otro modo no tendrían. Y lo curioso es que mi hijo, de cuatro años, con solo año y medio de escolarización, viviendo en un ambiente totalmente monolingüe, habla perfectamente los dos idiomas oficiales, sin vivir ningún trauma por hablarlos, sin concederle ningún valor político o sentimental a ninguna de las dos lenguas. Habla conmigo un idioma y con algunos amigos suyos, otro. Canta en un idioma, ve las películas en dos y empieza a recitar preciosas poesías en un tercer idioma. ¿Problemas? Ninguno. Todo son ventajas.
La demagogia es peligrosa, pero lo es más aun cuando es mentirosa, alarmista y xenófoba. Aquellos que proclaman la libertad de decidir son los mismos que en otros casos niegan cualquier posible autodeterminación, niegan la libertad de decidir en otros temas más sensibles, más delicados e infinitamente más complicados.
Dejen que nuestros hijos sigan aprendiendo a hablar idiomas, sigan viviendo su bilingüismo con la maravillosa naturalidad con la que lo viven ahora. No generen problemas que no son tales. Vengan a vivir un par de años a Catalunya y comprueben de primera mano que los conflictos no existen, que somos una gente curiosa, que celebra las derrotas, que baila con las manos cogidas y que monta castillos humanos para llegar más alto. Y que somos prácticos y tan discretos que no nos peleamos por cosas tan íntimas como los sentimientos, las filiaciones o la manera de expresarnos. Nos respetamos tal y como somos, aunque a otra gente le cueste hacer lo mismo.
viernes, 7 de diciembre de 2007
Ortografía
Hace unos días, el país cambiaba de diseño con una bonita campaña televisiva. Me encantan estas operaciones bikini que se hacen los periódicos o las cadenas de televisión para cambiar únicamente el grafismo de sus medios de comunicación. Sin embargo, el nuevo look del País traía un pequeño regalo, la inclusión de una vez por todas, de la tilde en el título del periódico. Por fin es EL PAÍS, con tilde, porque como indica el libro de estilo de este mismo periódico, las mayúsculas se acentúan. Y eso es un buen cambio.
Supongo que es deformación profesional, pero hay anuncios y programas de televisión que me ponen los pelos como escarpias por su mal uso de la lengua. Hace un tiempo, una cadena de gasolineras lanzó una tarjeta de fidelidad, con puntos y descuentos, a la que llamaron PORQUE TU VUELVES. Así, sin tilde, como si nada. Cada vez que veía el anuncio o entraba en una de las gasolineras de la marca, me ponía de los nervios.
Igual que se pone de los nervios el autor de esta gran página de Internet. A través de esta página, intentan que se nos meta entre ceja y ceja una noción tan básica como normalmente olvidada, que ti nunca lleva tilde. Y confieso que me encanta la iniciativa, porque mucha gente le pone tilde sistemáticamente y eso me enerva profundamente.
Se supone que tenemos que salir de la educación obligatoria sabiendo acentuar, y resulta que no, que salimos confundidos y sin recursos. Somos lo que escribimos, somos lo que decimos, somos lo que pensamos, pero cada vez tenemos más dificultades para articularlo todo de una manera correcta y coherente. Todos tenemos una responsabilidad con la lengua, y es la de usarla bien. Con el registro que queramos, pero bien.
Supongo que es deformación profesional, pero hay anuncios y programas de televisión que me ponen los pelos como escarpias por su mal uso de la lengua. Hace un tiempo, una cadena de gasolineras lanzó una tarjeta de fidelidad, con puntos y descuentos, a la que llamaron PORQUE TU VUELVES. Así, sin tilde, como si nada. Cada vez que veía el anuncio o entraba en una de las gasolineras de la marca, me ponía de los nervios.
Igual que se pone de los nervios el autor de esta gran página de Internet. A través de esta página, intentan que se nos meta entre ceja y ceja una noción tan básica como normalmente olvidada, que ti nunca lleva tilde. Y confieso que me encanta la iniciativa, porque mucha gente le pone tilde sistemáticamente y eso me enerva profundamente.
Se supone que tenemos que salir de la educación obligatoria sabiendo acentuar, y resulta que no, que salimos confundidos y sin recursos. Somos lo que escribimos, somos lo que decimos, somos lo que pensamos, pero cada vez tenemos más dificultades para articularlo todo de una manera correcta y coherente. Todos tenemos una responsabilidad con la lengua, y es la de usarla bien. Con el registro que queramos, pero bien.
Nos estamos volviendo locos
A un señor valenciano, Gas Natural le ha enviado una factura en la que algún graciosillo le había cambiado los apellidos por Gilipollas Caraculo. Así, Antonio Lo-Que-Sea, ha recibido una factura correcta, con todos sus datos, pero a nombre de un tal Antonio Gilipollas Caraculo.
Hasta aquí, una anécdota divertida y hasta entrañable. Gas Natural ya ha hecho todo lo que tenía que hacer, ha pedido perdón, ha abierto una investigación y patatín y patatán, y todo bien, y todo genial.
Pero resulta que el bueno de Antonio pide una compensación económica. No sé si a vosotros os suena igual de aberrante que a mí, porque a mí me parece un despropósito de los gordos. Antonio pide dinero por daños psicológicos y morales. Y yo, lo único que puedo pensar es que nos estamos volviendo locos, y nos dirigimos a todo gas a una sociedad como la estadounidense, donde todo es denunciable, incluso Dios o la naturaleza.
No quiero hacer demagogia al decir que hay cosas mil millones de veces más importantes que esta, aunque las haya, pero sí que me parece alucinante que hayamos llegado a un punto en el que convertimos todo en un negocio, y presuponemos una maldad en las acciones de todo el mundo. Un trabajador hace una broma, cambia los apellidos de un tipo en una factura y se olvida de borrarlos y corremos a denunciarle por ¡daños morales! como si en ello nos fuera la vida. A mí me parece como mucho anecdótico, y creo que no puede causar demasiados daños morales. Todo lo contrario, lo que causará será unas risas. Si yo fuera Antonio, enmarcaría la factura y la exhibiría en el recibidor.
Perdemos el sentido del humor a pasos agigantados y mermamos la comunicación en nuestra sociedad, ya que, ante la posibilidad de que nos denuncien por cualquier cosa, optamos todos por ser correctos, por no burlarnos de nadie, por no decir nada que se pueda malinterpretar. Vaya una mierda.
Hasta aquí, una anécdota divertida y hasta entrañable. Gas Natural ya ha hecho todo lo que tenía que hacer, ha pedido perdón, ha abierto una investigación y patatín y patatán, y todo bien, y todo genial.
Pero resulta que el bueno de Antonio pide una compensación económica. No sé si a vosotros os suena igual de aberrante que a mí, porque a mí me parece un despropósito de los gordos. Antonio pide dinero por daños psicológicos y morales. Y yo, lo único que puedo pensar es que nos estamos volviendo locos, y nos dirigimos a todo gas a una sociedad como la estadounidense, donde todo es denunciable, incluso Dios o la naturaleza.
No quiero hacer demagogia al decir que hay cosas mil millones de veces más importantes que esta, aunque las haya, pero sí que me parece alucinante que hayamos llegado a un punto en el que convertimos todo en un negocio, y presuponemos una maldad en las acciones de todo el mundo. Un trabajador hace una broma, cambia los apellidos de un tipo en una factura y se olvida de borrarlos y corremos a denunciarle por ¡daños morales! como si en ello nos fuera la vida. A mí me parece como mucho anecdótico, y creo que no puede causar demasiados daños morales. Todo lo contrario, lo que causará será unas risas. Si yo fuera Antonio, enmarcaría la factura y la exhibiría en el recibidor.
Perdemos el sentido del humor a pasos agigantados y mermamos la comunicación en nuestra sociedad, ya que, ante la posibilidad de que nos denuncien por cualquier cosa, optamos todos por ser correctos, por no burlarnos de nadie, por no decir nada que se pueda malinterpretar. Vaya una mierda.
viernes, 28 de septiembre de 2007
La buena educación
Tengo una foto en la que estoy bebiendo de una botella de refresco sentada sobre la hierba. En la foto debo de tener unos dos añitos y estoy muy mona y muy relajada. Es una foto de un festival de música al que me llevaron mis padres en algún momento.
Cuando tenía siete u ocho años, mis padres me llevaron a ver ET. Subtitulada. Lloré un montón cuando ET se marchó y dejó a Elliott en la tierra. Lloré tanto, que a la salida del cine mi padre me regaló una revista. Él compraba un semanario de humor llamado así, Humor, que sacó una versión infantil, Humi. Eso me compró mi padre para consolarme tras el disgusto de ver a dos amigos separarse.
Cuando era adolescente o más bien preadolescente, una amiga de mi madre me enseñó los diarios de Anaïs Nin. Le pedí que me los prestara para leer. Ella miró a mi madre que le dijo que sí, que claro. No los leí, claro está, me aburrieron soberanamente, pero Elena, la amiga de mi madre se quedó pasmada al recibir consentimiento para dejármelos.
Cuando ya era adolescente, mi madre me llevó al cine. Fuimos a ver "Los amigos de Peter". A los pocos meses fui por primera vez sola a los cines Verdi. Vi "Azul".
En todo esto pensaba el otro día en el concierto de Police. Pensaba en lo extraño que es educar. Pensaba que mis padres, aun habiéndose equivocado mucho en mi educación o en su manera de tratarme, me dieron desde muy pequeña algo que nunca podré agradecer lo bastante. Me dieron la oportunidad de conocer. Me llevaron a conciertos y me hicieron escuchar música. No música para niños, aunque tuve muchos discos de Parchís, sino música, en general, de la que le gustaba a mi padre. Me aprendí de memoria canciones de los Beatles, de Eric Clapton, de Sabina, de Serrat, de Radio Futura. Mi padre cantaba, y yo con él. Leí todo lo que había en mi casa. Nunca un libro fue poco adecuado. Cuando empecé a leer, cualquier cosa que hubiera en la casa podía leerse y disfrutarse. Empecé a ir al cine. Sola, a ver cine subtitulado, a seguir los grandes ciclos de cine de la televisión. Nunca hubo una película poco adecuada, ni un control sobre mis gustos.
Todo eso me dieron mis padres, quizás incluso sin proponérselo. Me dieron sus gustos, sus aficiones, sus intereses. Me llevaron y me hicieron participar de todo lo que les apasionaba. Y por eso estuve ayer coreando canciones de Police. Porque alguien, en su día, me los hizo escuchar.
Es difícil educar a un hijo, uno nunca sabe qué dar y qué no. Y sin embargo es muy fácil. A veces solo se trata de compartir.
Cuando tenía siete u ocho años, mis padres me llevaron a ver ET. Subtitulada. Lloré un montón cuando ET se marchó y dejó a Elliott en la tierra. Lloré tanto, que a la salida del cine mi padre me regaló una revista. Él compraba un semanario de humor llamado así, Humor, que sacó una versión infantil, Humi. Eso me compró mi padre para consolarme tras el disgusto de ver a dos amigos separarse.
Cuando era adolescente o más bien preadolescente, una amiga de mi madre me enseñó los diarios de Anaïs Nin. Le pedí que me los prestara para leer. Ella miró a mi madre que le dijo que sí, que claro. No los leí, claro está, me aburrieron soberanamente, pero Elena, la amiga de mi madre se quedó pasmada al recibir consentimiento para dejármelos.
Cuando ya era adolescente, mi madre me llevó al cine. Fuimos a ver "Los amigos de Peter". A los pocos meses fui por primera vez sola a los cines Verdi. Vi "Azul".
En todo esto pensaba el otro día en el concierto de Police. Pensaba en lo extraño que es educar. Pensaba que mis padres, aun habiéndose equivocado mucho en mi educación o en su manera de tratarme, me dieron desde muy pequeña algo que nunca podré agradecer lo bastante. Me dieron la oportunidad de conocer. Me llevaron a conciertos y me hicieron escuchar música. No música para niños, aunque tuve muchos discos de Parchís, sino música, en general, de la que le gustaba a mi padre. Me aprendí de memoria canciones de los Beatles, de Eric Clapton, de Sabina, de Serrat, de Radio Futura. Mi padre cantaba, y yo con él. Leí todo lo que había en mi casa. Nunca un libro fue poco adecuado. Cuando empecé a leer, cualquier cosa que hubiera en la casa podía leerse y disfrutarse. Empecé a ir al cine. Sola, a ver cine subtitulado, a seguir los grandes ciclos de cine de la televisión. Nunca hubo una película poco adecuada, ni un control sobre mis gustos.
Todo eso me dieron mis padres, quizás incluso sin proponérselo. Me dieron sus gustos, sus aficiones, sus intereses. Me llevaron y me hicieron participar de todo lo que les apasionaba. Y por eso estuve ayer coreando canciones de Police. Porque alguien, en su día, me los hizo escuchar.
Es difícil educar a un hijo, uno nunca sabe qué dar y qué no. Y sin embargo es muy fácil. A veces solo se trata de compartir.
domingo, 19 de agosto de 2007
Navarro, o el doble rasero culé
Hace días que leo en los periódicos deportivos a algunos personajes agraviados y enfadados por la marcha de Navarro a la NBA. Personajillos que se indignan por la apuesta del jugador, que pasa a tener uno de los peores contratos de la mejor liga del mundo, solo por poder jugar y aprender allí.
Y me sorprende mucho que se hable tanto de que si el Barça le ha rebajado la cláusula de recisión, de si se marcha contento con un conveniente plan de amortización de su deuda con el club.
Los culés somos los primeros que prácticamente exigimos a todos los jugadores que entran en la disciplina del club que se identifiquen con nuestros colores y nuestra historia. Les enseñamos que el Barça es más que un club, que es la identidad y el corazón de un sector de la población catalana. Les pedimos que aprendan catalán, que sientan la camiseta, que respeten nuestra cultura. No les tratamos como a empleados, sino les pedimos que se conviertan en símbolos de un determinado sentir. Los que no responden bien, suelen marcharse. Los que encajan, acaban por quedarse incluso a vivir por aquí, entre nosotros, y nos sentimos orgullosos de ello.
Sin embargo, en el caso de Navarro, algunas voces culés piden que le tratemos como a un empleado, que saquemos rendimiento económico del sueño de un jugador que lo ha dado todo por el club y que nos ha salvado el culo en más de una ocasión. He leído que perdemos dinero, que es una vergüenza, que Laporta ha hecho mal en permitirlo y montones de sandeces iguales.
Estoy muy orgullosa de que el Barça trate tan bien a un jugador que es, por derecho propio, un símbolo para todos los aficionados al baloncesto. Espero que en la NBA todo le vaya de perlas, y me alegra muchísimo que haya podido aprovechar su oportunidad de vivir una liga tan competitiva como la estadounidense.
Me encanta que tratemos a nuestros jugadores exactamente igual que como les pedimos que nos traten a nosotros. Me gusta que les entendamos, que les escuchemos y que les ayudemos a conseguir lo que siempre han querido.
Que sigan esos personajes criticando, que yo intentaré ver todos los partidos de Memphis que pueda, para seguir disfrutando del jugador que tantas alegrías me ha dado en el Barça.
Y me sorprende mucho que se hable tanto de que si el Barça le ha rebajado la cláusula de recisión, de si se marcha contento con un conveniente plan de amortización de su deuda con el club.
Los culés somos los primeros que prácticamente exigimos a todos los jugadores que entran en la disciplina del club que se identifiquen con nuestros colores y nuestra historia. Les enseñamos que el Barça es más que un club, que es la identidad y el corazón de un sector de la población catalana. Les pedimos que aprendan catalán, que sientan la camiseta, que respeten nuestra cultura. No les tratamos como a empleados, sino les pedimos que se conviertan en símbolos de un determinado sentir. Los que no responden bien, suelen marcharse. Los que encajan, acaban por quedarse incluso a vivir por aquí, entre nosotros, y nos sentimos orgullosos de ello.
Sin embargo, en el caso de Navarro, algunas voces culés piden que le tratemos como a un empleado, que saquemos rendimiento económico del sueño de un jugador que lo ha dado todo por el club y que nos ha salvado el culo en más de una ocasión. He leído que perdemos dinero, que es una vergüenza, que Laporta ha hecho mal en permitirlo y montones de sandeces iguales.
Estoy muy orgullosa de que el Barça trate tan bien a un jugador que es, por derecho propio, un símbolo para todos los aficionados al baloncesto. Espero que en la NBA todo le vaya de perlas, y me alegra muchísimo que haya podido aprovechar su oportunidad de vivir una liga tan competitiva como la estadounidense.
Me encanta que tratemos a nuestros jugadores exactamente igual que como les pedimos que nos traten a nosotros. Me gusta que les entendamos, que les escuchemos y que les ayudemos a conseguir lo que siempre han querido.
Que sigan esos personajes criticando, que yo intentaré ver todos los partidos de Memphis que pueda, para seguir disfrutando del jugador que tantas alegrías me ha dado en el Barça.
martes, 24 de julio de 2007
El secuestro
Llevo varios días indignada por un episodio que es más propio de regímenes dictatoriales que de una democracia que nos pasamos el día pregonando y de la que fardamos como de un coche deportivo. Nos colgamos cartelitos que dicen que somos demócratas y vamos dando lecciones a los países menos afortunados. Nos indignamos cuando por ahí alguien se enfada porque hacemos una caricatura de un dios y les damos clases de libertad de expresión. Todo desde nuestra privilegiada posición de burgueses demócratas del mundo.
Y sin embargo, hace unos días, un juez secuestró una revista humorística por poner en la portada una caricatura de Felipe y Letizia haciendo el amor. Entre los motivos esgrimidos para cometer este atropello, se ha argumentado que es una imagen vejatoria y calumniadora. Y yo me pregunto: ¿no sería más calumniador acaso decir que Felipe y Letizia no hacen el amor y que, por ejemplo, han tenido a sus dos hijas por inseminación artificial? ¿Es vejatorio hacer el amor? Y es que por ahí también se ha dicho que lo vejatorio no era el hecho de que hicieran el amor, sino la postura, Letizia apoyada en manos y rodillas sobre la cama, y Felipe de pie. ¿Es vejatorio hacer el amor en la postura que más nos apetezca? Lo lamento mucho por las mujeres, los maridos, novias, novios y amantes de todos aquellos que sostienen esta teoría.
Lo cierto es que tenemos de todo menos libertad de expresión. O por lo menos no tenemos libertad de expresión cuando se trata de hablar de determinadas personas de nuestra sociedad. A nadie le importa que ZP y Rajoy se insulten abiertamente, que políticos y famosetes de medio pelo salgan en la tele gritándose de todo y calumniándose a todas horas. Nadie ha cerrado ningún programa magazine de esos en los que los concursantes de diferentes realities salen a mentir descaradamente y a acusarse unos a otros de las atrocidades más espantosas. Eso está bien. En cambio, suponer que Felipe y Letizia tienen una vida sexual sana está mal, es criticable e incluso delito.
A mí que me lo expliquen, porque no lo entiendo.
Por suerte, como siempre que ocurren estas cosas, lo que se ha conseguido ha sido un efecto rebote. La portada de El Jueves ha sido noticia en todo el mundo, la edición se agotó en todos los quioscos antes de que la policía pudiera retirarla y el movimiento solidario va a hacer que una revista inteligente e irreverente como El Jueves registre un aumento importante en sus ventas.
Desde aquí os animo a comprarla y a visitar su página web: http://www.eljueves.es porque cada vez parece que es más necesario que recuperemos el sentido del humor y que lo usemos.
Y sin embargo, hace unos días, un juez secuestró una revista humorística por poner en la portada una caricatura de Felipe y Letizia haciendo el amor. Entre los motivos esgrimidos para cometer este atropello, se ha argumentado que es una imagen vejatoria y calumniadora. Y yo me pregunto: ¿no sería más calumniador acaso decir que Felipe y Letizia no hacen el amor y que, por ejemplo, han tenido a sus dos hijas por inseminación artificial? ¿Es vejatorio hacer el amor? Y es que por ahí también se ha dicho que lo vejatorio no era el hecho de que hicieran el amor, sino la postura, Letizia apoyada en manos y rodillas sobre la cama, y Felipe de pie. ¿Es vejatorio hacer el amor en la postura que más nos apetezca? Lo lamento mucho por las mujeres, los maridos, novias, novios y amantes de todos aquellos que sostienen esta teoría.
Lo cierto es que tenemos de todo menos libertad de expresión. O por lo menos no tenemos libertad de expresión cuando se trata de hablar de determinadas personas de nuestra sociedad. A nadie le importa que ZP y Rajoy se insulten abiertamente, que políticos y famosetes de medio pelo salgan en la tele gritándose de todo y calumniándose a todas horas. Nadie ha cerrado ningún programa magazine de esos en los que los concursantes de diferentes realities salen a mentir descaradamente y a acusarse unos a otros de las atrocidades más espantosas. Eso está bien. En cambio, suponer que Felipe y Letizia tienen una vida sexual sana está mal, es criticable e incluso delito.
A mí que me lo expliquen, porque no lo entiendo.
Por suerte, como siempre que ocurren estas cosas, lo que se ha conseguido ha sido un efecto rebote. La portada de El Jueves ha sido noticia en todo el mundo, la edición se agotó en todos los quioscos antes de que la policía pudiera retirarla y el movimiento solidario va a hacer que una revista inteligente e irreverente como El Jueves registre un aumento importante en sus ventas.
Desde aquí os animo a comprarla y a visitar su página web: http://www.eljueves.es porque cada vez parece que es más necesario que recuperemos el sentido del humor y que lo usemos.
martes, 19 de junio de 2007
Freak
Eso me dice mi pomelo a todas horas. Dice que no sabe por qué me preocupo por las cosas que me preocupo. Dice que no entiende cómo puedo pensar en las cosas que pienso. Dice que no hay nadie en el mundo a quien le importe en absoluto lo que a mí me parece indignante o alarmante. Pero no es verdad.
Aunque lleva diciéndomelo desde que nos conocemos, últimamente no se calla porque hay dos anuncios que me traen por el camino de la amargura. Y estoy segura de que mucha más gente se ha fijado en lo mismo que me he fijado yo, lo que pasa es que ellos no se lo cuentan a mi pomelo.
El primer anuncio es el de Estrella Damm. La primera vez que lo vi, me encantó, y creo que es una idea excelente. Los de Estrella llevan años basando sus campañas en la antigüedad de su marca, pero este es, de largo, el mejor anuncio que se les ha ocurrido. En él se ve un entierro en el que se han reunido personas de lo más diversas. En el ataúd, hay un joven con bañador y el pelo húmedo, que sujeta una Estrella. Damos un salto en el tiempo y le vemos unos años atrás, en bañador y con la cerveza, en su fiesta de cumpleaños. Cumple ochenta años y sus nietas, dos adolescentes, llevan un cartel en el que se lee "Felicidades, abuelo". Volvemos a dar un salto en el tiempo y le vemos jugando a tenis y tirando una pelota fuera para que una chica se incline a recogérsela. Él, en bañador y cerveza en mano, le mira las bragas a la chica con el resto de sus amigos jubilados. Otro salto en el tiempo y le vemos como director de una empresa, en bañador y con cerveza. Otro salto y le vemos casándose con una chica muy guapa, en bañador y con cerveza. Y con un último salto nos plantamos en una noche de fiesta en la playa, donde por fin el bañador y la cerveza tienen cabida, y nuestro chico ve pasar una estrella fugaz y pide un deseo: "Para siempre". Hasta ahí todo estupendo. Un buen anuncio. Pero resulta que a alguien se le ocurrió rotular los años en los que suceden las diferentes cosas. Y tenemos esto:
1952 - Fiesta en la playa
1963 - Boda hippie
1975 - Reunión de negocios
1984 - Partida de tenis
1992 - 80 cumpleaños
2007 - Funeral
Bien, pues no me cuadran los números. Y eso me obsesiona muchísimo. Vale, sí, soy una mente cerrada y obtusa que necesita que cuadren las cosas, es verdad. Pero es que no cuadra. ¿En la fiesta de la playa tenía 40 años? Si se casa en el 63, ¿cómo puede tener nietas adolescentes 29 años después? Vale, podría ser que tuviera hijos de un matrimonio anterior (coño, casándose a los 51 años, todo puede ser). Pero ese chico no puede tener cuarenta años. Si los cuarentones del 52 montaban esas fiestas en la playa y estaban así de estupendos, tenemos mucho que aprender.
El otro anuncio es malo. Es el nuevo anuncio de Tampax en el que una chica lleva la falda metida en las braguitas y va enseñando el culo. Cuando se baja del ascensor, le dice al chico que espera en la puerta: "La cremallera". Y cuando el chico corre a tocarse la entrepierna, vemos claramente que se trata de un pantalón de botones. Ostras, ahí hay que decir "La bragueta" y te quedas tan ancho. Aunque quizás es solo una estrategia para que nos adentremos en el encefalograma plano de una chica que no nota que lleva la falda metida en las bragas y el culo al aire... Si no se da cuenta de eso, ¿cómo queremos que sepa que lo de ese chico son botones?
En fin, que sí, que soy de las que se fijan si cuando cambia el plano en la película o la serie de turno, cambia también la posición de las cosas y de los personajes. Soy de las que se indignan cuando un personaje utiliza mal un pronombre. Soy de las que se plantean la verosimilitud de los guiones y de las que señalan cualquier fallo de coherencia que puedan descubrir. Pero no soy la única. Y eso me tranquiliza.
Un chico se ha dedicado a mirar si en los paquetes de sopa de letras Gallo estaban todas las letras del abecedario, y se ha quejado a la empresa porque ha detectado que faltan la U y la W. Podéis leerlo todo en http://mefaltanletras.blogspot.com donde Abel explica con todo lujo de detalles sus descubrimientos y su intercambio de mails con Pastas Gallo.
Aunque lleva diciéndomelo desde que nos conocemos, últimamente no se calla porque hay dos anuncios que me traen por el camino de la amargura. Y estoy segura de que mucha más gente se ha fijado en lo mismo que me he fijado yo, lo que pasa es que ellos no se lo cuentan a mi pomelo.
El primer anuncio es el de Estrella Damm. La primera vez que lo vi, me encantó, y creo que es una idea excelente. Los de Estrella llevan años basando sus campañas en la antigüedad de su marca, pero este es, de largo, el mejor anuncio que se les ha ocurrido. En él se ve un entierro en el que se han reunido personas de lo más diversas. En el ataúd, hay un joven con bañador y el pelo húmedo, que sujeta una Estrella. Damos un salto en el tiempo y le vemos unos años atrás, en bañador y con la cerveza, en su fiesta de cumpleaños. Cumple ochenta años y sus nietas, dos adolescentes, llevan un cartel en el que se lee "Felicidades, abuelo". Volvemos a dar un salto en el tiempo y le vemos jugando a tenis y tirando una pelota fuera para que una chica se incline a recogérsela. Él, en bañador y cerveza en mano, le mira las bragas a la chica con el resto de sus amigos jubilados. Otro salto en el tiempo y le vemos como director de una empresa, en bañador y con cerveza. Otro salto y le vemos casándose con una chica muy guapa, en bañador y con cerveza. Y con un último salto nos plantamos en una noche de fiesta en la playa, donde por fin el bañador y la cerveza tienen cabida, y nuestro chico ve pasar una estrella fugaz y pide un deseo: "Para siempre". Hasta ahí todo estupendo. Un buen anuncio. Pero resulta que a alguien se le ocurrió rotular los años en los que suceden las diferentes cosas. Y tenemos esto:
1952 - Fiesta en la playa
1963 - Boda hippie
1975 - Reunión de negocios
1984 - Partida de tenis
1992 - 80 cumpleaños
2007 - Funeral
Bien, pues no me cuadran los números. Y eso me obsesiona muchísimo. Vale, sí, soy una mente cerrada y obtusa que necesita que cuadren las cosas, es verdad. Pero es que no cuadra. ¿En la fiesta de la playa tenía 40 años? Si se casa en el 63, ¿cómo puede tener nietas adolescentes 29 años después? Vale, podría ser que tuviera hijos de un matrimonio anterior (coño, casándose a los 51 años, todo puede ser). Pero ese chico no puede tener cuarenta años. Si los cuarentones del 52 montaban esas fiestas en la playa y estaban así de estupendos, tenemos mucho que aprender.
El otro anuncio es malo. Es el nuevo anuncio de Tampax en el que una chica lleva la falda metida en las braguitas y va enseñando el culo. Cuando se baja del ascensor, le dice al chico que espera en la puerta: "La cremallera". Y cuando el chico corre a tocarse la entrepierna, vemos claramente que se trata de un pantalón de botones. Ostras, ahí hay que decir "La bragueta" y te quedas tan ancho. Aunque quizás es solo una estrategia para que nos adentremos en el encefalograma plano de una chica que no nota que lleva la falda metida en las bragas y el culo al aire... Si no se da cuenta de eso, ¿cómo queremos que sepa que lo de ese chico son botones?
En fin, que sí, que soy de las que se fijan si cuando cambia el plano en la película o la serie de turno, cambia también la posición de las cosas y de los personajes. Soy de las que se indignan cuando un personaje utiliza mal un pronombre. Soy de las que se plantean la verosimilitud de los guiones y de las que señalan cualquier fallo de coherencia que puedan descubrir. Pero no soy la única. Y eso me tranquiliza.
Un chico se ha dedicado a mirar si en los paquetes de sopa de letras Gallo estaban todas las letras del abecedario, y se ha quejado a la empresa porque ha detectado que faltan la U y la W. Podéis leerlo todo en http://mefaltanletras.blogspot.com donde Abel explica con todo lujo de detalles sus descubrimientos y su intercambio de mails con Pastas Gallo.
martes, 29 de mayo de 2007
Inmigración y sentido común
Tú vas a pescar. Te montas con tus colegas en tu barquito. Echas las redes para pillar unos atunes, que van carísimos en el mercado. Y mientras estás ahí, calladito, trabajando, sin molestar a nadie, te encuentras una balsita. En la balsita va un montón de gente y te piden si les puedes echar una mano, que van apretados. Así que les das agua y algo de comer, porque eres buena gente. Pero resulta que los desgraciados se empeñan en meterte en líos, así que se empiezan a hundir. Y tú, con todo el sentido común del mundo, los coges y los subes a tu barco, joder, que aquí hay espacio si nos apartamos un poco. Pero entonces resulta que no te dejan parar en ningún puerto, que te ponen problemas, que si dónde están los papeles de esa gente, que si para qué los traes aquí, bla, bla, bla. Seguro que si en lugar de ir en una balsa, hubiesen naufragado en un yate, a nadie les importaría que no hubiesen recordado coger el pasaporte mientras el yate se hundía. Así que, moraleja, la próxima vez que veas a unos morenitos hundirse en aguas heladas, les saludas y te vas pitando, no sea que no te dejen tomar tierra en ningún sitio.
Y eso me lleva a analizar los resultados electorales. Sí, yo soy así, así funciona mi cerebro. Morenitos hundidos = resultados electorales. Y es que ha habido algunos fenómenos preocupantes, un avance de algunos partidos abiertamente xenófobos y una derechización de feudos tradicionalmente de izquierdas. Y todo sale del mismo sitio, de los morenitos que vienen en balsa (los que llegan y no se hunden en aguas internacionales).
Seamos sinceros, nadie se va de su país por gusto. Bueno, no es cierto. Los burgueses del mundo lo hacemos. Vivimos un par de años aquí, otro allá, y a veces nos instalamos en otros países burgueses del mundo. Y nos gusta. Y no somos un problema para nadie, porque entre burgueses nos entendemos. Pero cuando alguien muy diferente a nosotros, que viene de un país muy diferente, con una cultura muy diferente y no es un burgués, llega a nuestra tierra, no lo hace por venir a disfrutar del sol, la paella, el gazpacho y la playa. Seguramente no nos lo encontraremos en un tablao flamenco sacando fotos y siguiendo el ritmo con las manos. No, la gente que realmente protagoniza los movimientos migratorios viene obligada por diversos motivos: la guerra, el hambre o la pobreza extrema suelen ser los más habituales.
En fin, yo no me escandalizo. Si hoy estallara una guerra en España, yo cogía a mis tres churumbeles y me iba. Ni me lo pensaba. Si de repente no tuviésemos comida y mis hijos sufrieran los efectos de esa pobreza, tampoco dudaría ni un segundo en hacer las maletas y marcharme a otro sitio donde tuviera la oportunidad de ganar dinero. Y poco me importaría que me despreciaran, me señalaran con el dedo o me trataran mal.
Movimientos migratorios hay desde que el mundo es mundo. Todos migramos en algún momento, y si podemos, volvemos después a nuestra tierra. Pero estos movimientos migratorios están empezando a ser un problema. No porque venga demasiada gente a los países bienestantes del mundo, porque eso es algo que a mí no me quita el sueño, sino por el efecto que esos movimientos están teniendo sobre los países de acogida.
Poco me importa que haya gente de diferentes colores en mi edificio, en el cole de mis hijos o en las tiendas del barrio. Si son buena gente, me da igual el idioma que hablen. Lo que me preocupa más, es el efecto que tienen sobre mis compatriotas, sobre los oriundos del lugar que empiezan a tener miedo y a justificar algunas medidas extremas que en otro momento les parecerían un atentado contra los derechos fundamentales de los seres humanos.
El problema es que no tenemos cultura de país de acogida y eso a la gente le da miedo. Te abren una mezquita junto a tu casa y te pones a temblar, pero te da lo mismo si es un salón del reino frecuentado por nativos de la zona. Afirmas que esa gente te quita el trabajo, no se quiere integrar y se reúne en guetos misteriosos. Tienes cosas y te da miedo que alguien te las quite.
Pero que la ultraderecha suba no es sinónimo de que se vaya a resolver el problema. Tampoco los papeles para todos serían lo ideal, por lo menos no hasta que se regule el movimiento migratorio extremo que vivimos en este momento. Las razones de la inmigración son más profundas. A estas alturas ya ni siquiera podemos resolver el problema con ayuda humanitaria. No se trata solo de invertir en los países más desfavorecidos. Nos hemos pasado años, o incluso siglos, siendo mudos testigos de conflictos, corruptelas y pandemias, cruzados de brazos. Ahora recogemos lo que sembramos y no sirve de nada que nos obstinemos en levantar muros más altos y en formar más cuerpos de seguridad. Son más que nosotros y tienen derecho a buscarse la vida.
Así que más vale que vayamos ideando otras estrategias y poniéndonos las pilas para que esa gente se pueda quedar en su casa si es lo que desea y para que nuestros conciudadanos vayan perdiendo el miedo a todo moreno que no sea de UVA.
Y eso me lleva a analizar los resultados electorales. Sí, yo soy así, así funciona mi cerebro. Morenitos hundidos = resultados electorales. Y es que ha habido algunos fenómenos preocupantes, un avance de algunos partidos abiertamente xenófobos y una derechización de feudos tradicionalmente de izquierdas. Y todo sale del mismo sitio, de los morenitos que vienen en balsa (los que llegan y no se hunden en aguas internacionales).
Seamos sinceros, nadie se va de su país por gusto. Bueno, no es cierto. Los burgueses del mundo lo hacemos. Vivimos un par de años aquí, otro allá, y a veces nos instalamos en otros países burgueses del mundo. Y nos gusta. Y no somos un problema para nadie, porque entre burgueses nos entendemos. Pero cuando alguien muy diferente a nosotros, que viene de un país muy diferente, con una cultura muy diferente y no es un burgués, llega a nuestra tierra, no lo hace por venir a disfrutar del sol, la paella, el gazpacho y la playa. Seguramente no nos lo encontraremos en un tablao flamenco sacando fotos y siguiendo el ritmo con las manos. No, la gente que realmente protagoniza los movimientos migratorios viene obligada por diversos motivos: la guerra, el hambre o la pobreza extrema suelen ser los más habituales.
En fin, yo no me escandalizo. Si hoy estallara una guerra en España, yo cogía a mis tres churumbeles y me iba. Ni me lo pensaba. Si de repente no tuviésemos comida y mis hijos sufrieran los efectos de esa pobreza, tampoco dudaría ni un segundo en hacer las maletas y marcharme a otro sitio donde tuviera la oportunidad de ganar dinero. Y poco me importaría que me despreciaran, me señalaran con el dedo o me trataran mal.
Movimientos migratorios hay desde que el mundo es mundo. Todos migramos en algún momento, y si podemos, volvemos después a nuestra tierra. Pero estos movimientos migratorios están empezando a ser un problema. No porque venga demasiada gente a los países bienestantes del mundo, porque eso es algo que a mí no me quita el sueño, sino por el efecto que esos movimientos están teniendo sobre los países de acogida.
Poco me importa que haya gente de diferentes colores en mi edificio, en el cole de mis hijos o en las tiendas del barrio. Si son buena gente, me da igual el idioma que hablen. Lo que me preocupa más, es el efecto que tienen sobre mis compatriotas, sobre los oriundos del lugar que empiezan a tener miedo y a justificar algunas medidas extremas que en otro momento les parecerían un atentado contra los derechos fundamentales de los seres humanos.
El problema es que no tenemos cultura de país de acogida y eso a la gente le da miedo. Te abren una mezquita junto a tu casa y te pones a temblar, pero te da lo mismo si es un salón del reino frecuentado por nativos de la zona. Afirmas que esa gente te quita el trabajo, no se quiere integrar y se reúne en guetos misteriosos. Tienes cosas y te da miedo que alguien te las quite.
Pero que la ultraderecha suba no es sinónimo de que se vaya a resolver el problema. Tampoco los papeles para todos serían lo ideal, por lo menos no hasta que se regule el movimiento migratorio extremo que vivimos en este momento. Las razones de la inmigración son más profundas. A estas alturas ya ni siquiera podemos resolver el problema con ayuda humanitaria. No se trata solo de invertir en los países más desfavorecidos. Nos hemos pasado años, o incluso siglos, siendo mudos testigos de conflictos, corruptelas y pandemias, cruzados de brazos. Ahora recogemos lo que sembramos y no sirve de nada que nos obstinemos en levantar muros más altos y en formar más cuerpos de seguridad. Son más que nosotros y tienen derecho a buscarse la vida.
Así que más vale que vayamos ideando otras estrategias y poniéndonos las pilas para que esa gente se pueda quedar en su casa si es lo que desea y para que nuestros conciudadanos vayan perdiendo el miedo a todo moreno que no sea de UVA.
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