Mi hijo Àlex miraba el otro día el DVD de Shrek 3. Me senté con él a ver el final de la peli, nos reímos mucho, comentamos un poco los momentos más interesantes y empezaron los créditos del final de la película.
Y en ese momento, me miró y me dijo:
-Mami, ¿nos quedamos a ver quién es el traductor?
Mi pomelo y yo todavía nos estamos riendo. Y es que el pobre está acostumbrado a chuparse tooooodos los créditos de las películas cada vez que vamos al cine para que su madre (controlada de cerca por trabajadores de la sala con cara de malas pulgas) pueda ver la ficha de doblaje que sale al final de todo, cuando ya han barrido todas las palomitas y los primeros espectadores en salir de la sala ya están cómodamente instalados en el sofá de su casa.
Como el pobre ya conoce (por nombre o personalmente) a muchos de los estupendos traductores que pueblan nuestras pantallas, le hace mucha gracia saber que esta película la ha traducido fulanito o menganita. Y aunque dudo mucho que entienda en qué consiste realmente una traducción (aunque ya me ha dicho que tiene ganas de aprender a leer y escribir para ayudarme a trabajar :-)), el pobre sabe que es algo muy importante. Al menos para su madre.
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viernes, 4 de abril de 2008
viernes, 7 de diciembre de 2007
Ortografía
Hace unos días, el país cambiaba de diseño con una bonita campaña televisiva. Me encantan estas operaciones bikini que se hacen los periódicos o las cadenas de televisión para cambiar únicamente el grafismo de sus medios de comunicación. Sin embargo, el nuevo look del País traía un pequeño regalo, la inclusión de una vez por todas, de la tilde en el título del periódico. Por fin es EL PAÍS, con tilde, porque como indica el libro de estilo de este mismo periódico, las mayúsculas se acentúan. Y eso es un buen cambio.
Supongo que es deformación profesional, pero hay anuncios y programas de televisión que me ponen los pelos como escarpias por su mal uso de la lengua. Hace un tiempo, una cadena de gasolineras lanzó una tarjeta de fidelidad, con puntos y descuentos, a la que llamaron PORQUE TU VUELVES. Así, sin tilde, como si nada. Cada vez que veía el anuncio o entraba en una de las gasolineras de la marca, me ponía de los nervios.
Igual que se pone de los nervios el autor de esta gran página de Internet. A través de esta página, intentan que se nos meta entre ceja y ceja una noción tan básica como normalmente olvidada, que ti nunca lleva tilde. Y confieso que me encanta la iniciativa, porque mucha gente le pone tilde sistemáticamente y eso me enerva profundamente.
Se supone que tenemos que salir de la educación obligatoria sabiendo acentuar, y resulta que no, que salimos confundidos y sin recursos. Somos lo que escribimos, somos lo que decimos, somos lo que pensamos, pero cada vez tenemos más dificultades para articularlo todo de una manera correcta y coherente. Todos tenemos una responsabilidad con la lengua, y es la de usarla bien. Con el registro que queramos, pero bien.
Supongo que es deformación profesional, pero hay anuncios y programas de televisión que me ponen los pelos como escarpias por su mal uso de la lengua. Hace un tiempo, una cadena de gasolineras lanzó una tarjeta de fidelidad, con puntos y descuentos, a la que llamaron PORQUE TU VUELVES. Así, sin tilde, como si nada. Cada vez que veía el anuncio o entraba en una de las gasolineras de la marca, me ponía de los nervios.
Igual que se pone de los nervios el autor de esta gran página de Internet. A través de esta página, intentan que se nos meta entre ceja y ceja una noción tan básica como normalmente olvidada, que ti nunca lleva tilde. Y confieso que me encanta la iniciativa, porque mucha gente le pone tilde sistemáticamente y eso me enerva profundamente.
Se supone que tenemos que salir de la educación obligatoria sabiendo acentuar, y resulta que no, que salimos confundidos y sin recursos. Somos lo que escribimos, somos lo que decimos, somos lo que pensamos, pero cada vez tenemos más dificultades para articularlo todo de una manera correcta y coherente. Todos tenemos una responsabilidad con la lengua, y es la de usarla bien. Con el registro que queramos, pero bien.
miércoles, 14 de marzo de 2007
Amarguras del teletrabajo
Tú trabajas en casa. Y eso es una suerte, no nos engañemos. Es una suerte porque si te hartas, decides desconectar media hora y ver la tele, escuchar la radio, o bajar a comprar el pan. Nadie te pregunta qué haces, ni cuándo volverás, ni por qué has decidido dejar esa traducción tan complicada para después.
Es una suerte porque si el niño está enfermo no hay que llamar a nadie, ni hay que hacer malabares con los horarios para poder llegar a todas partes. Puedes ir a todas las fiestas del cole, ir a comprar por la mañana, cuando hay menos gente en todas partes, desayunar leyendo el periódico y un sinfín de cosas más, todas igualmente fantabulosas.
Sí, pero es que tú trabajas. Y eso es algo que la mayoría de gente tiende a olvidar. Que trabajas. Y que quizás puedas irte a tomar un café, pero eso quiere decir que el trabajo lo tendrás que hacer en otro momento.
Cada vez que me reúno con otros traductores autónomos, todos nos quejamos de lo mismo. De la pareja que te dice: "Pero bueno, ya irás tú a buscar/comprar/pagar/arreglar eso, ¿no? Total tú estás todo el día en casa." O del amigo que exclama sorprendido: "¿Por qué tienes la casa tan desordenada? Con las horas que pasas en casa seguro que encuentras un momento para arreglarla." Nadie entiende que uno trabaja, que el trabajo tiene que hacerse igualmente, y que flexibilidad horaria no quiere decir que no haya que hacer nada, sino que tiene que hacerse en un horario que no se especifica.
Los comentarios de la gente son abundantes y eternos. Por teletrabajadores y por traductores sufrimos una incomprensión igualita a la de Calimero. Una señora me preguntó un día si trabajaba en casa. Al decirle que sí, me preguntó si... ¡cosía! Cuando le dije que traducía me miró como si fuese marciana. Otra señora, más entrañable y cercana, me preguntó por qué trabajaba tanto. Cuando le contesté que para pagar el piso y la comida, me respondió muy sorprendida: "Ah, ¿te pagan por eso? Yo pensaba que lo hacías para estar entretenida, como pasas todo el día en casa..."
Cualquier teletrabajador, o cualquier traductor, explicará la misma historia en otras versiones.
Pero lo más triste es la incomprensión en casa. Cuando te llama tu pareja y te pide que, por favor, eso sí, le hagas una gestión, salgas a comprar no se qué, llames a no sé dónde... Tú le contestas que no puedes, y él/ella, se empeña en que lo que pasa es que no quieres. Y ya puedes intentar explicarle que no estás viendo a Ana Rosa y sus amigos, ni estás haciéndote la manicura francesa, ni siquiera estás en internet leyendo el Mundo Deportivo. No. Tú estás traduciendo un aburridísimo documental sobre la ciencia milenaria de hacer burillas con una mano mientras con la otra se conduce un carro, y llevas tres horas intentando encontrar sinónimos de "moco". Ayer te quedaste despierto hasta las tres de la mañana ideando nuevas maneras de decir "meterse el dedo en la nariz", y a las tres de la tarde tienes que entregar. Pero tu medio pomelo no entiende que no puedes hacer una gestión porque no puedes perder una hora de trabajo...
Mi pomelo me dijo una vez que aprovechara las mañanas para ir al gimnasio. No puedo reproducir lo que le dije porque hay niños en un radio de tres kilómetros, pero cuando a los pocos días se quejó de que no tenía horas para ir a correr, le dije de manera amabilísima, que lo hiciera de once a doce de la mañana, en medio de su jornada laboral. Desde entonces no hemos vuelto a discutir sobre mis actividades matinales, y siempre que me llama, antes de pedirme lo que sea que necesita, me pregunta, solícito, si tengo mucho trabajo ese día.
Es una suerte porque si el niño está enfermo no hay que llamar a nadie, ni hay que hacer malabares con los horarios para poder llegar a todas partes. Puedes ir a todas las fiestas del cole, ir a comprar por la mañana, cuando hay menos gente en todas partes, desayunar leyendo el periódico y un sinfín de cosas más, todas igualmente fantabulosas.
Sí, pero es que tú trabajas. Y eso es algo que la mayoría de gente tiende a olvidar. Que trabajas. Y que quizás puedas irte a tomar un café, pero eso quiere decir que el trabajo lo tendrás que hacer en otro momento.
Cada vez que me reúno con otros traductores autónomos, todos nos quejamos de lo mismo. De la pareja que te dice: "Pero bueno, ya irás tú a buscar/comprar/pagar/arreglar eso, ¿no? Total tú estás todo el día en casa." O del amigo que exclama sorprendido: "¿Por qué tienes la casa tan desordenada? Con las horas que pasas en casa seguro que encuentras un momento para arreglarla." Nadie entiende que uno trabaja, que el trabajo tiene que hacerse igualmente, y que flexibilidad horaria no quiere decir que no haya que hacer nada, sino que tiene que hacerse en un horario que no se especifica.
Los comentarios de la gente son abundantes y eternos. Por teletrabajadores y por traductores sufrimos una incomprensión igualita a la de Calimero. Una señora me preguntó un día si trabajaba en casa. Al decirle que sí, me preguntó si... ¡cosía! Cuando le dije que traducía me miró como si fuese marciana. Otra señora, más entrañable y cercana, me preguntó por qué trabajaba tanto. Cuando le contesté que para pagar el piso y la comida, me respondió muy sorprendida: "Ah, ¿te pagan por eso? Yo pensaba que lo hacías para estar entretenida, como pasas todo el día en casa..."
Cualquier teletrabajador, o cualquier traductor, explicará la misma historia en otras versiones.
Pero lo más triste es la incomprensión en casa. Cuando te llama tu pareja y te pide que, por favor, eso sí, le hagas una gestión, salgas a comprar no se qué, llames a no sé dónde... Tú le contestas que no puedes, y él/ella, se empeña en que lo que pasa es que no quieres. Y ya puedes intentar explicarle que no estás viendo a Ana Rosa y sus amigos, ni estás haciéndote la manicura francesa, ni siquiera estás en internet leyendo el Mundo Deportivo. No. Tú estás traduciendo un aburridísimo documental sobre la ciencia milenaria de hacer burillas con una mano mientras con la otra se conduce un carro, y llevas tres horas intentando encontrar sinónimos de "moco". Ayer te quedaste despierto hasta las tres de la mañana ideando nuevas maneras de decir "meterse el dedo en la nariz", y a las tres de la tarde tienes que entregar. Pero tu medio pomelo no entiende que no puedes hacer una gestión porque no puedes perder una hora de trabajo...
Mi pomelo me dijo una vez que aprovechara las mañanas para ir al gimnasio. No puedo reproducir lo que le dije porque hay niños en un radio de tres kilómetros, pero cuando a los pocos días se quejó de que no tenía horas para ir a correr, le dije de manera amabilísima, que lo hiciera de once a doce de la mañana, en medio de su jornada laboral. Desde entonces no hemos vuelto a discutir sobre mis actividades matinales, y siempre que me llama, antes de pedirme lo que sea que necesita, me pregunta, solícito, si tengo mucho trabajo ese día.
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