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domingo, 7 de noviembre de 2010

Arrimar el hombro


Ando un tanto molesta estos días con los comentarios de la crisis que se hacen por ahí, lo rebotados que estamos todos con la reforma laboral y las memeces que oigo decir a unos y a otros sobre el momento en el que nos encontramos. Pero si estoy indignada con alguien en particular es con las personas de la calle, los trabajadores, la plebe, como queráis llamarle, entre los que siempre he estado y entre los que, en general, suelo sentirme bien y cómoda.

Pero hace unas semanas que no puedo sentirme cómoda y bien con mis compañeros de aventuras económicas, con los proletarios del mundo, con los trabajadores. Hace días que los sindicatos se quejan y yo no acabo de verlo claro, nada claro.

Estamos en crisis. No hace falta que nos lo diga nadie, no hace falta que los políticos se acusen unos a otros ni que le echen la culpa a la economía mundial, ni que culpen al sector de la construcción. Todos sabemos en qué berenjenal nos hemos metido y todos sabemos por qué. Nos hemos cansado de hipotecarnos hasta las cejas, de gastarnos lo que no teníamos y de pedir créditos para satisfacer todos nuestros caprichos. Y ahora estamos como estamos.

Pero en lugar de arrimar el hombro, de pensar que todos tendremos que pasar con menos para reflotar la economía y para poder volver a un estado de relativa prosperidad, nos echamos la culpa unos a otros y no transigimos. Para salir de la crisis, que le quiten privilegios a otro, que nosotros no nos queremos mover ni medio milímetro.

Hace días que oigo hablar del paro. De las cifras del paro, de lo injusto que es el paro, de lo mal montado que está y de BLA, BLA, BLA. Pero, díganme ustedes con la mano en el corazón y siendo muy sinceros, ¿a cuántas personas conocen que ahora mismo están en el paro porque no les da la gana trabajar? ¿Cuántas personas conocen ustedes que se hartan de su trabajo, piden que les arreglen los papeles del paro y deciden que ya empezarán a buscar trabajo al cabo de un año, que total se merecen ese año sabático porque llevan cotizando toda la vida? En este momento, yo conozco varias, creo que incluso más de las que puedo contar con los dedos de una mano. Y lo bueno es que a nadie le sorprende, que a nadie le parece mal. Pero, ¿es ese el objetivo del paro? ¿No será acaso que tenemos paro para que si por lo que sea, por mala suerte, uno acaba sin trabajo y con dificultades para mantenerse (a uno mismo y a los que dependen de uno) y no consigue trabajo bajo ningún concepto, pueda sobrevivir mientras sigue buscando trabajo? ¿O es que nos parece que el estado tiene que mantenernos uno de cada diez años sólo porque durante esos otros nueve hemos pagado nuestros impuestos? Esa práctica, socialmente tolerada e incluso admirada, pone una presión impresionante sobre nuestro sistema, pero a nadie parece horrorizarle ni sorprenderle. Es parte de nuestra picaresca, qué cachondos que somos.

También anda la gente escandalizada porque nos quieren reducir la indemnización cuando nos echan a la calle. En lugar de 45 días por año trabajado, nos van a pagar 25 o 30. Y todos pensamos en grandes empresas echando a la calle a millones de personas que trabajan estupendamente, pero de los cuales la empresa se quiere deshacer para tener más beneficios. En eso pensamos, y no en las miles de pymes que en un momento de crisis no pueden echar a la calle a nadie porque tienen que pagarle una millonada, así que se quedan con gente que ya no tiene trabajo porque no la pueden despedir. O peor aún, en las pymes a las que algún trabajador putea descaradamente para que le echen y cobrar un pastón, o se cogen bajas extensísimas para forzar al empresario a echarle. ¿La indemnización es una excusa también para que nos forremos y nos pasemos meses y meses sin trabajar o nos podamos comprar por fin ese coche al que le habíamos echado el ojo? ¿O está pensada para que uno pueda ir tirando mientras busca un nuevo trabajo?

Yo no soy empresaria y no tengo trabajadores a mi cargo. Toda la vida he estado del lado del asalariado y he creído en sus derechos. Pero cuando uno se pasa de la raya y abusa de sus derechos, ¿puedo seguir defendiéndolo ciegamente? Y cuando estamos en una situación crítica como la que vivimos ahora, ¿es lícito que queramos salir de la situación sin hacer ningún sacrificio?

No estoy a favor de esta reforma laboral, pero creo que los motivos para estar en contra son débiles. Estamos en un mal momento y la única manera de salir del pozo es arrimando el hombro. Lo único que hay que exigir, y debemos hacer con firmeza, es que todo el mundo ceda, no sólo los de siempre. Pero por lo demás, a ver si dejamos de llenarnos la boca con palabras bonitas como "solidaridad" y empezamos a aplicarlas a nuestro día a día. Tenemos que entender que para empezar a recuperarnos, hay que exigir que todo el mundo haga su parte, nosotros incluidos.

viernes, 26 de marzo de 2010

Me gustaría creer en el cielo

Me gustaría, sí. Porque tengo una amiga a la que ya no puedo llamar ni ir a ver, pero a la que sigo queriendo y a la que me gustaría poder recurrir aunque fuera por vía celestial. Me gustaría que pudiera leer esto y decirme que soy una cursi y una exhibicionista por estar escribiéndolo, aunque fuera lanzándome una tormenta al balcón. Me gustaría poder elevar la vista a las nubes para contarle lo que me pasa y que me contestara haciendo brillar estrellas o acercando Saturno. Que me sorprendiera de repente despeinándome con un vendaval cuando tuviera ganas de que nos echásemos unas risas.

No voy a decir que mi amiga es perfecta, porque no lo es, pero es perfecta para mí. Lo era hace diez días y sigue siéndolo hoy. Me sigue llenando de alegría y me sigue haciendo reír. Sigue teniendo sus peculiaridades, sigue haciendo sus gestos con los manos y diciendo "Bueno, bueno, bueno". Así, tres veces. Porque quizás no esté en el cielo mandándome una nevada en abril o un arco iris a las cinco, cuando los niños salen del cole, pero sí que está cuando hablamos o reímos o la recordamos.

De todas maneras, quizás a partir de ahora hable con las nubes o le sonría a la luna por las noches. Quién sabe si Viki no andará por ahí escondida, haciendo, como siempre, lo que le da la gana, sin preocuparse de que creamos o no en el cielo.

Te quiero, Viki.

Y para recordarla mejor, las palabras de Ruth, que creo que ha clavado lo que sentimos sus amigas del MIP y nos recuerda algunos de los mejores momentos que hemos vivido juntas:

Gràcies per ser sempre a punt per sortides, per dansa del ventre, per bàsquet, per explicar-nos, de tapes per Barcelona, com anava la Lola a l’excursió, per la nit vestida de pallasso al Carnaval, ballant Sopa de Cabra amb els peques.

Ha sigut curt, massa curt i és que encara que t’haguéssim viscut 100 anys, al teu costat hauria sigut massa curt. Però pensem en el sopars al mexicà, al vietnamita, al tailandès, en aquest llibre que ja no podrem canviar, en les excursions a Barcelona sense nens o en una xerrada llarga a casa la Gis parlant de tot i de res.

Sentim la ràbia de no haver fet un sopar de cunyadíssimes, de no veure Disney a través dels teus ulls, de no menjar els brunyols que havies de fer dissabte, de les sevillanes que ja no ballarem, de cada sopar on mai no hauries fallat i de la farra que volíem planificar.

Et recordarem a l’estiu corrent mentre recollies en Jofre a la guarde per anar al Club natació, perduda per l’Empordà (dins d’un cotxe amb GPS) per arribar a Port, quan algú sigui simplement un rot (sabem què vols dir tot i que no tenim altra paraula), o quan aparegui un fardapollas, un ‘catering’ i un ‘pívor’, cada vegada que fem la barreja dels brunyols, quan mengem cus cus, quan pensem que si ‘ser ric, és comprar-se tot el que un vol’ i que és fàcil aprimar-se a base de polvos. Si mai tenim una targeta de pagament fraccionat, et veurem al tren explicant-nos el màxim i el mínim!

Omplies molt i et trobarem a faltar. Pensarem en tu sempre positiva, sempre riallera, sempre amb una mirada crítica i veurem totes les teves virtuts en la Queralt i en Jofre! I pensarem en tota la teva energia. Esperem haver-nos encomanat una mica de tu i haver après a mirar el món a través teu.

Un petó Viki!

sábado, 19 de diciembre de 2009

Hace un año y medio, cuando me enteré que Guardiola sería el entrenador del Barça, me asusté. Guardiola nunca había sido de mis jugadores favoritos y me daba miedo que le estuvieran escogiendo únicamente por ser catalán y de la casa. Prefería un nombre consolidado, aunque fuera Mourinho.

Pero debo admitir que desde el primer día, Guardiola no sólo me ha demostrado que es un buen entrenador, sino que también me ha maravillado con su filosofía, con la que ha impregnado el vestuario del Barça y por extensión, a los socios y a los seguidores.

Porque lo que más me gusta de este Barça que tenemos ahora no es que sea el mejor equipo del mundo (que también, ¿eh? a nadie le amarga un dulce...), sino que, por una vez, el fútbol está donde tiene que estar, y los jugadores también.

De repente, el fútbol vuelve a ser un juego. Un juego del que disfrutamos, que nos emociona, que nos permite ver jugadas maravillosas, que nos alegra el domingo o el miércoles. Pero un juego. Para Guardiola, ganar o perder no es lo único importante, para Guardiola lo importante es jugar y hacerlo bien. Y el resultado de un partido o de una competición no es el fin del mundo. Es una alegría, es una decepción, pero es el resultado de un juego.

Me emociona más que nada ver que mi equipo se toma las cosas con calma, que se divierte. Me emociona ver que en mi equipo la gente se lleva bien, que se respeta, que se aprecia. Me gusta ver que trabajando, sin hacer ruido ni aspavientos, sin volvernos locos, sin indignarnos, hacemos un buen papel.

Hoy más que nunca me siento orgullosa de mi equipo. Y no únicamente porque seamos los campeones de todo, sino porque me gusta el mensaje que transmitimos y la imagen que exportamos. Me gusta que trabajemos y que nos divirtamos. Y que al final del partido le demos la mano al contrario y nos vayamos a casa con la familia. Porque eso es el fútbol, y nunca debió dejar de serlo.

sábado, 21 de noviembre de 2009

El buen padre


Hay un subgénero cinematográfico que odio profundamente, y es el género del buen padre. No sé si llamarle subgénero o sólo irritante corriente de cine familiar, pero lo cierto es que las películas con este esquema se multiplican como molestos mosquitos tigre y me ponen enferma cada vez que aparecen, sea en el cine o en la televisión.

El género del buen padre es fácilmente reconocible porque siempre hay un señor o una señora que tiene hijos. El señor o la señora suelen ser solteros, viudos o divorciados. Algunas veces tienen pareja, pero no es lo habitual. Lo importante es que tienen hijos. La cantidad da igual, lo importante es que siempre son niños estupendos que en algún momento, empiezan a dar señales de estar molestos o distraídos.

Y la culpa la tiene, cómo no, el buen padre o la buena madre. Porque, pobrecillo/a, está confundido. Va de culo, no llega a todo, está irritable, nervioso/a y disperso/a. Y es que el buen padre, horror, trabaja. Y no sólo trabaja, sino que además tiene un trabajo que le encanta, que es de una gran responsabilidad y que le obliga a estar muchas horas fuera de casa, o a dejar a los niños con múltiples niñeras, o con los abuelos, o incluso a llevárselos a la oficina.

La situación es intolerable y estalla, siempre, matemáticamente, con el festival de algún hijo. Da igual que sea el de Acción de Gracias con el hijo vestido de pavo, el de final de curso con esos graciosos sombreritos de egresados, el de música en el que el retoño va a tocar un solo de saxofón o el partido más importante de la temporada. Lo que importa es que siempre coincide con la reunión que puede cambiar la vida laboral del progenitor, haciéndole progresar y ganar más dinero, sí, pero obligándole a pasar todavía más horas fuera de casa y a tener muchas más responsabilidades.

¿Y qué hace el buen padre? ¿Dice quizás: "Lo siento, ese día no me va bien para la reunión, ¿podemos hacerla más temprano/más tarde/el día anterior/al día siguiente"? NO. El buen padre decide que lo más importante de su vida son sus hijos. Renuncia al trabajo de sus sueños aunque eso signifique conducir durante años la quitanieves del barrio hasta que sus hijos cumplan los dieciocho y decidan que prefieren salir con sus amigos que estar en casa con papá/mamá. Sacrifican sus sueños por lo más importante del mundo: la familia.

Plas, plas. Ovación de gala en la sala.

Yo soy madre. Me gusta ser madre. Me gusta disfrutar del tiempo que tengo para estar con mis hijos. A veces me gustaría tener más tiempo para estar con ellos. Pero no soy sólo madre y mi pomelo no es sólo padre. Somos personas con gustos y aficiones, personas con trabajos que nos gustan y nos llenan, personas con sueños, con perspectivas de futuro, con ganas de hacer cosas. Mi maternidad no es lo único que me define, y tengo clarísimo que aunque siempre hay que renunciar a algunas cosas porque no se puede tener todo, hay cosas a las que no quiero renunciar.

Vida laboral y familiar no son conceptos antagónicos e irreconciliables. Aunque nos lo pongan difícil, todos nos levantamos por la mañana, llevamos a los niños al colegio y nos vamos a trabajar. Los que tenemos mucha suerte disfrutamos con nuestro trabajo y esperamos progresar en nuestra carrera. Y no somos monstruos.

Y estos buenos padres de las pelis nos están diciendo que lo dejemos todo de lado y que nos concentremos únicamente en ser progenitores para nuestros deliciosos retoños. Que dejemos de lado nuestra vida, nuestras ilusiones. Qué triste debe ser tener un padre sin ilusiones y sin retos, sin ganas de mejorar, sin perspectivas de futuro. Un padre que es incapaz de decirle a su jefe: "Por favor, ¿podríamos reunirnos mañana? Hoy lo tengo un poco complicado."

jueves, 15 de octubre de 2009

Cosas pomponiles

Conversación de los pompones el día en el que se sientan a ver Star Wars por primera vez en su vida (cosa que me agradecerán de por vida, lo sé).

Se ve en pantalla el logo de la 20th...

Pompón grande (6 años):
-Ah, hacía muchos años que no veía ese 2 y ese 0. Sí, desde que vimos Ice Age 3.

(Atentos a dos detalles. Primero, sabe que Ice Age 3 es de la Fox, y eso sí que es para preocuparse. Segundo, vimos Ice Age 3 a finales de julio.)

Pompona (3 años):
-Sí, hacía muchos años que no veíamos esta película.

Pompón grande:
-Que no, que esta película no la hemos visto nunca.

Pompón pequeño (3 años):
-¡Staaaar Waaaars! ¿Vamos a comer algo? ¿Me das las moras? ¿Todavía no me has traído las moras? ¿Vas a traer las moras? Yo cogeré las moras.

(moras recolectadas en el pueblo este fin de semana)

Después han venido interminables explicaciones. Que quiénes son los buenos, que quiénes son los malos, que por qué los malos se tapan la cara, que cuáles son las naves de los buenos... El pompón grande todavía esta aprendiendo a decir "jedi", es decir "jedai"...

Carta de amor al Festival de Sitges (y a la ciudad)

Hace 12 años pisé por primera vez el cine Retiro para una maratón del Festival de Cine de Sitges. Sin que yo lo supiera iniciaba así una tradición, un rito que se repite todos los años y que me convierte en la persona más feliz del mundo durante los diez días que dura la muestra.

Aquel primer año me perdí los últimos cinco minutos de Gattaca, porque el último tren salía a una hora indecentemente temprana y yo todavía no tenía coche.

Tardaría dos ediciones más a ir a una sesión normal, un día por la noche, en el 99, y a partir de entonces las sesiones, las películas y los cines empezaron a multiplicarse.

El motivo principal por el que me encanta el festival de cine de Sitges es, seguramente, el que hace que los esnobs frunzan la nariz y que los cinéfilos más recalcitrantes se lleven las manos a la cabeza. Y es que a Sitges la gente va a disfrutar. Se lanzan estruendosas ovaciones cuando el bueno le pega un tiro en la frente al malo, cuando una frase del guión es particularmente graciosa o cuando la cantidad de sangre en pantalla aumenta de repente de cero a cien en un segundo. La gente va por la calle hablando de directores coreanos o japoneses, se acaban las entradas para las sesiones de clásicos de la ciencia ficción, se hacen colas imposibles para entrar a la sala a ver una sesión nocturna de películas de serie B.

El día perfecto es el que hace sol y llevas las entradas en el bolsillo. El día que hueles el mar mientras te acercas por la autopista y te pierdes un rato en las hermosas calles de la ciudad mientras haces tiempo para entrar a ver tu peli. El día que te paras en el bar a tomar un café y te lees el periódico del festival. Después vas al Retiro, que para mí es el mejor cine del festival (quizás no por comodidad, pero sí por todo lo demás) y cuando acabas la peli la comentas de camino a la Cantonada, a tomarte un frankfurt servido por Kevin Smith (que este año no estaba...).

No puedo poner en palabras todo lo que le debo al festival en mi formación cinematográfica. Allí vi mi primera película de Johnnie To, que pasó a convertirse directamente en uno de mis directores favoritos. Allí descubrí a Park Chan-woo, vi The Ring y me morí de miedo y descubro todos los años excelentes películas y cinematografías que ni sabía que existían.

Pero cuando le digo a alguien que voy al festival, el ochenta por ciento de las veces me dice: "¿A ti te gusta ese cine?" Y aunque no suelo decirlo, porque soy educada hasta resultar imbécil, pienso siempre "¿qué cine?" A mí me gusta el cine. Todo. En su totalidad. Y el cine es fantasía. ¿A alguien puede no gustarle la fantasía, la imaginación, la creatividad? Porque además de sangre, vísceras y zombies (que me encantan, eso sí), hay un montón de películas llenas de magia, de ternura, de sorpresa. Películas como Mr. Nobody este año, que me encantó (y a toda la sala también) o como "Soy un cyborg" o como muchas otras. Porque el cine fantástico no es sólo gore y cuanto antes lo entendamos, mejor para todos, pero especialmente para las películas.

Ya cuento los días que faltan para el próximo festival de Sitges.

domingo, 21 de junio de 2009

Un hombre bueno

Cuando mi pompón mayor cumplió un año, su padrino, que es uno de los mejores amigos que se pueden tener, le hizo también el mejor regalo que nadie le ha hecho nunca. Supongo que el pompón no estará muy de acuerdo por el momento, pero sé que algún día, no muy lejano, descubrirá que sí, que lo fue en su día y que lo sigue siendo hoy.

Aquel día, 365 días después de que el pompón viera la luz por primera vez, le llegó un correo electrónico en el que la Fundación Vicente Ferrer le daba las gracias por apadrinar a un niño de la India, un niño varios años mayor que el pompón, que vive en una comunidad a muchísimos kilómetros de aquí. Su padrino había decidido que no había mejor regalo que ese.

No era mi primer contacto con la Fundación. En la academia de inglés en la que yo trabajaba habíamos hecho una campaña de captación de alumnos en la que nos comprometíamos a donar un porcentaje de la matrícula a Vicente Ferrer para la creación de una escuela. Y mi amiga Sònia iría meses después a verla y a conocer a Vicente y a su familia. Trajo un montón de fotos y un montón de historias. Y ese viaje la cambió totalmente y le hizo descubrir muchas cosas que tenía dentro y que ahora ha dirigido hacia muchos proyectos de colaboración con la India.

Mi amigo Jordi también colabora con la Fundación regularmente. Uno de sus mejores amigos viajó a la India, vio el trabajo que se hacía allí y volvió también cambiado, convencido e impulsado a dedicar tiempo y ganas a recaudar fondos para ayudar en ese proyecto. Después irían Jordi y varios de sus amigos, y todos volverían dispuestos a hacer lo que hiciera falta. He perdido la cuenta de toda la ayuda que han enviado.

Yo no conocí a Vicente. Cuando fuimos a la India no llegamos hasta la zona en la que él estaba. Viajamos por el norte y vimos un montón de cosas, pero no llegamos hasta Anantapur. No puedo hacer mío el dolor y el sentimiento de toda la gente que le conoció, de toda la gente a la que le cambió totalmente la vida, de toda la gente a la que inspiró y ayudó. Pero sí puedo sentir la muerte de un hombre bueno, de un hombre entregado, optimista y luchador, de un hombre orgulloso de su humanidad. Puedo admirar su trabajo incansable, su batalla constante. Puedo lamentar su falta y sentir que todo homenaje llega tarde.

Y también puedo admirar su trabajo y mirar con optimismo todo lo que ha conseguido. Leía hoy en el periódico que Vicente había demostrado que vencer el hambre es posible, y que no hace falta un desembolso importante. Sólo hace falta trabajar y quitarnos de encima la caridad. Y eso me hace sentir optimista. Supongo que dentro de unos días, mucha gente habrá olvidado que Vicente ha muerto, o lo habrá procesado como procesamos todo lo que ocurre a diario, incapaces de asimilar tantísima información. Pero quizás haya alguien, haya una Sònia, un padrino, un Jordi, haya unas cuantas personas que debido a este triste momento descubran un punto de inflexión en su vida, descubran el trabajo de un hombre y eso les inspire a continuar con su obra en la medida de sus posibilidades. Y yo creo que eso, a Vicente le encantaría.

miércoles, 15 de abril de 2009

De Manel Fontdevila


Gentileza de Xosetxu.

lunes, 9 de marzo de 2009

Sudaca


Debo ser una chica con suerte. O quizás más que suerte, lo que me pasa es cuestión de genética, una genética que me ha dado una piel blanca como la leche y un pelo y unos ojos tirando a claros. Sea como fuere, la cuestión es que nunca, jamás, en toda mi vida, había oído la palabra "sudaca" dicha con tanta mala fe ni con tanta virulencia.
No es que nunca la haya oído, no. A menudo mis amigos y yo bromeamos con el concepto, y muchos de ellos me toman el pelo con el calificativo. A mí no me importa. No tengo que demostrarle nada a nadie, y no me avergüenzan nada mis raíces, más bien todo lo contrario.
Sin embargo, el otro día oí la palabra pronunciada como el peor de los insultos, con un desprecio en la voz que me hizo sentirme totalmente aludida, aunque la frase no iba dirigida a mí.
No es que esperase mucho más de la persona que la dijo. Ni tampoco que me sorprenda que haya gente racista en el mundo. Es, simplemente, que por primera vez he sentido un desprecio que imagino que sufre constantemente mucha gente, cuya procedencia es más evidente que la mía. Y al sentirme violentada de esa manera, me puse a pensar en la gente que día tras día tiene que soportar eso, que tiene la piel oscura, un acento inconfundible, o unos rasgos muy marcados. Esa gente que no pasa desapercibida como yo, que es como un letrero luminoso que indica que son de otro sitio, de otro lugar.
Y lo he pensado mucho, porque ese comentario me hizo sentir mal, y yo tengo familia, he vivido más del doble de mi vida aquí, tengo amigos... Pero hay gente que no. Gente que tiene que vivir con eso todos los días de su vida, y además está sola, tiene a su familia lejos, hace años que no ve a sus hijos... Y viene cualquier imbécil y le trata como si fuera inferior por haber nacido mil kilómetros más aquí o más allá.
En fin, que además, no estuve rápida. Me quedé tan aturdida, tan agredida, tan sorprendida, que fui incapaz de decir: "Anda, sudaca como yo", que hubiese sido lo adecuado en ese momento. Y ninguna de mis amigas presentes cayó tampoco en la cuenta. Sònia me decía que de haberse acordado, habría gritado: "Sudaca de mierda como tú" ;-)
En fin, como siempre hay una de cal y una de arena, también hace unos días tuve el privilegio de hablar de mis países a unas personas interesadas, carentes de todo prejuicio, abiertas, receptivas... y terriblemente preguntonas. Eran 52 y tenían entre 5 y 6 años. Me hicieron dibujos y se comieron los alfajores y el dulce de batata como los manjares que son.

viernes, 6 de febrero de 2009

Geografía

Ha pasado algo terrible. He descubierto una cosa tremenda que me llena de desazón. En Estados Unidos existen dos Portland.

Sé que es evidente, que como me indicó mi pomelo, es inevitable que existan dos ciudades con el mismo nombre en un país tan grande. Sé que mucha gente lo sabe, y a nadie le parece nada del otro mundo. Pero para mí es la tragedia más trágica de los últimos tiempos.

Y lo he descubierto en un blog, después del tercer comentario sospechoso. La autora del blog en cuestión, que es de Portland, decía que nunca había estado en la costa oeste. Y eso me mosqueó. Portland está en la costa oeste, ahí, cerquita de Seattle. Tengo una idea más bien limitada de la geografía estadounidense, pero hasta ahí llego. Seguí leyendo el blog, después de pensar un rato si mis conceptos este y oeste eran correctos (teniendo en cuenta que izquierda y derecha son dos conceptos dificilísimos para mi cerebro, salvo que se trate de cuestiones políticas). Una equivocación, me dije, no pasa nada. Tres posts más allá, la autora hablaba de que había ido a Boston. Y volvieron a sonar todas las alarmas. Pero, tozuda, decidí obviar la clara referencia a la costa este del país. A lo mejor había cogido un avión. Pero cuando volví a leer que Portland era estupendo, porque estaba junto al mar y muy cerca de Boston, ya no pude más. Me metí en googlemaps, busque Estados Unidos y descubrí que ahí, muy cerquita de Boston, está Portland, Maine, y que el otro Portland es, como todos sabéis, Portland, Oregón.

Y ahí se desencadenó la hecatombe.

Sé que quizás no parezca algo tan grave, pero es que Portland es para mí, desde hace muchos años, un lugar sagrado que está íntima y misteriosamente ligado a mi vida. O eso creía yo, la insensata que solo conocía el Portland oregoniense...

Y es que resulta que el primer partido de la NBA que vi, cuando tenía unos 13 o 14 años, fue un partido de Philadelphia contra Portland. Un Portland en el que jugaban los míticos Porter y Drexler. Un Portland que me cayó bien desde el minuto cero. Portland, Oregón, se entiende.

Pero por entonces mi escritor favorito empezó a ser Stephen King. Stephen King que ya dejaba bien claro que él era de Portland, MAINE. Por alguna extraña razón, nunca me di cuenta de esa pequeña diferencia. Nunca pensé que había ese Maine ahí. Y me he pasado diez años de mi vida pensando que Stephen King era de la costa oeste.

Y la tragedia sigue porque durante todos estos años han ido apareciendo cosas de Portland, gente de Portland, noticias de Portland, que me han ido confirmando la certeza de que Portland era una ciudad estupenda. Lo que no sé es cuál de las dos.

Así pues, ahora ando intranquila... Me pone nerviosa que una cosa que creía saber resulte ser errónea. La de veces que he hablado/fardado/alardeado de Portland y mis conocimientos sobre esa ciudad... Esa ciudad que son dos. Es como estar enamoradísima de tu vecino, darle conversación cada vez que te lo encuentras, y descubrir un día que son gemelos.

Tendré que darle un beso a cada uno, a ver cuál me gusta más...

sábado, 26 de mayo de 2007

El alcohol es mu malo 1

Amplíen ustedes, lean y disfruten.

¡Gracias Xosé!

jueves, 17 de mayo de 2007

A traición

Te estás sacando los pelos del entrecejo. O te estás peinando. O te estás probando unos pendientes espectaculares (como diría Leonardo Sbaraglia). O a lo mejor te estás maquillando para salir, o te estás afeitando, o te lavas los dientes. No importa mucho lo que estás haciendo, en realidad, la cuestión es que estás ocupado, y de repente te miras como por casualidad en el espejo. Y ahí está. Tiesa. Erguida. Insolente. Mirándote con sorna. Electrizada. Ondulada y delgada, pero destacando con una energía impresionante. La muy guarra.

Ahí está, es tu primera cana. Y la tía se ríe de ti. Está crecida, porque sabes que no puedes hacer nada contra ella. "Si la arrancas", se apresura a decirte tu tía, tu mejor amiga o la vecina cotilla, "te saldrán siete más". Y tú te quedas pasmado ante una afirmación tan científica.

Pero eso no cambia nada. Te la arrancas o te la peinas, buscas inquieto señales de otros pelos blancos y te tranquilizas unos minutos al ver que aún no es una plaga. Pero el espejo deja de ser lo que había sido hasta entonces. A partir de ahora, se acabó el mirar distraído, se acabó el pensar en otra cosa mientras engulles Oraldine para evitar la factura del dentista. A partir del momento en el que ha aparecido la primera señal, todas tus incursiones higiénicas pasan a ser un escrutinio constante del cuero cabelludo. De las sienes. De la nuca. Y el problema es que las canas, como los problemas, nunca vienen solas.

Las primeras diez te las arrancas, pero llega un momento en el que son legión. Y con legión me refiero a legión. Treinta, cuarenta, cincuenta. Bien alineadas, bien colocadas, todas juntas para asegurarse de que no las arrancas. Todas desafiantes.

Y tú, que todavía sabes el ochenta por ciento de las canciones de los 40 principales, que todavía vas a conciertos, que puedes seguir hablando con los chavales del instituto sin sentirte completamente desfasado, descubres que te has hecho mayor. Creías que a ti ese momento no te iba a llegar, que no eras como los demás, que tardarías mucho y que lo llevarías con dignidad. Pero el síndrome de Peter Pan y la crisis de los 30 no son términos inventados para describir extraños casos de enfermedades raras. No, amigo, no. Si alguien pensó en esas expresiones es porque es un fenómeno generalizado. ¿Verdad que no se llaman "sarcoidosis" ni "autoinmune"? ¿Verdad que House no perdería ni medio nanosegundo en comentarlo con sus avezados lameculos? Pues eso.

A traición, así aparece la primera cana. Y nos abre la puerta a un mundo lleno de Lady Grecian (o como se escriba, no entiendo por qué han quitado esos entrañables anuncios) y tintes, para que no volvamos nunca a ser los mismos.

Pero que conste que a mí me lo han contado.

miércoles, 2 de mayo de 2007

La primera vez

Cuando yo tenía 19 o 20 años, un amigo al que siempre he querido muchísimo, me puso por primera vez un disco de Extremoduro. Acababa de salir y él andaba entusiasmado con esas nuevas canciones que me puso hasta la saciedad y que me dejaron totalmente alucinada. Allí nació mi pasión por ese grupo, y tuve la suerte de poder volver atrás y escuchar un montón de discos que me sonaron nuevos aunque hacía mucho tiempo que se habían editado. Años después, sería yo quien le pusiera un disco de Extremoduro a mi pomelo, y quien le llevara a un concierto que le dejaría con la boca abierta.

Y siempre pienso en ello y reflexiono sobre eso, sobre la primera vez, sobre el descubrimiento de un autor, un músico, un cineasta, algo que de repente nos alucina, nos encanta y nos abre las puertas al mundo privado del artista en cuestión, y a un montón de nuevas sensaciones.

Alguien dijo una vez que todos sabemos cuándo leímos "El señor de los anillos" por primera vez (bueno, al menos lo sabemos todos aquellos que lo leímos antes de la trilogía cinematográfica). Y es cierto. Esas primeras veces, esos descubrimientos, nos marcan. Recuerdo la primera vez que oí a Def con Dos, la primera película francesa que vi, el día que terminé de leer la Historia interminable, el día que leí y releí todos los pequeños episodios del Libro de los abrazos, o lo que me dijo mi padre cuando me puso en las manos Cien años de soledad. Pienso en Cocaine y en Eric Clapton, y en cómo la escuché y la volví a escuchar cuando era una niña muy pequeña y el riff característico de esa canción me daba pánico. Es curioso cómo recuerdo esas primeras veces a la perfección.

Y recordar esas primeras veces me da produce también una sana envidia. Miro a mi hermano menor (muy menor), o a mis hijos, y pienso que todavía les quedan por descubrir esos pequeños placeres. Pienso en el día que escuchen Extremoduro por primera vez, o que lean Alta fidelidad. Pienso en esa mirada nueva, fresca, que solo tenemos una vez al enfrentarnos a todas estas cosas. Nunca volvermos a mirar las cosas del mismo modo que esa primera vez. Pienso en la descarga eléctrica que es para nuestro cerebro descubrir. Y siento envidia. Pero también esperanza. Esperanza de acceder a nuevos descubrimientos, a nuevas cosas que hagan que mi mundo se tambalee también. No podré volver a escuchar a Extremoduro como si no les hubiese oído nunca, pero algo debe quedar por aprender. Bueno, algo... de hecho, todo.

Empatía

Ayer vimos el partido entre el Liverpool y el Chelsea. Bueno, no todo el partido, la segunda parte, la prórroga y los penalties. No era nuestra intención, de hecho, íbamos a ver "House", pero resultó que Cuatro decidió volver a emitir el capítulo en el que Foreman casi se nos muere y pusimos el partido de rebote.

Ver este partido me sirvió para constatar dos cosas. Una, que los penalties son un horror y me ponen taquicárdica aunque se trate de un partido de quinta regional; y dos, que no puedo ver un partido sin una cierta implicación emocional. Es decir, que si se enfrentan Levante y Getafe para ver quién queda decimoquinto en la liga... vaya, seré incapaz de tragarme ni diez nanosegundos de partido.

En cambio ayer era una semifinal de Champions. No es que a los culés nos importe mucho esa competición ;-) después de que nos echaran de ella sin piedad, pero es un torneo interesante. Y, curiosamente, todos tenemos algunos equipos que nos caen simpáticos.

Mis colores son los del Barça, eso está claro, y en menor medida los de Peñarol y Boca Juniors. Pero sin embargo hay un montón de equipos que me caen bien. ¿Por qué? Pues yo qué sé. Porque me caen bien, sin más.

Y entre los equipos británicos, mi simpatía está con Arsenal, Liverpool y ManU. Supongo que me gusta el Arsenal porque es el equipo de Nick Hornby, que es uno de mis escritores favoritos, y tras leer "Fever Pitch" nadie puede quedarse impasible ante ese equipo. Y el Liverpool y el ManU... pues no sé por qué.

Pero ahí estábamos, con nuestro pollo caramelizado y nuestro arroz tres delicias, agitando los palillos de rabia cada vez que aparecía Mourinho y animando a grito pelado a los rojos, mi hijo Àlex incluido (que siempre pregunta quién es el Barça y quién el Madrid, pero que acabó gritando "Liverpoooooooool"). Y ahí estaban ellos, empatando la eliminatoria y poniéndome de los nervios.

Y es que cuando ya solo quedaban quince minutos para la prórroga, empecé a morderme las uñas. Y eso es muy mala señal. Durante la prórroga ya empecé a sacudir espasmódicamente los pies, cosa que solo hago cuando estoy extremadamente nerviosa. Y llegados a los penalties... Bueno, no quería mirar, quería mirar, quería marcharme y estaba totalmente enganchada al sofá.

Finalmente, Reina fue el héroe de la noche y mis amigos de Liverpool se clasificaron para la final. Mi pomelo y yo nos juramos que iríamos a ver un partido de la Premier antes de fenecer y deseamos fervientemente que el ManU gane esta noche al Milan y nos deje una final de Champions simpática.

¿Y por qué? ¿Por qué de repente me interesan esas semifinales, esa final, ese título, de un modo más que anecdótico? Que mi pomelo se trague cualquier partido de fútbol no es noticia ni novedad, y me hace dudar de su salud mental (como él duda de la mía cuando me paso horas bizqueando frente a la pantalla del ordenador), pero, ¿por qué me quedé mordiéndome los muñones que me quedaban en lugar de dedos para ver si el Liverpool pasaba a la final?

Pues por empatía. Por el mismo motivo que se me pone la piel de gallina cuando veo al público del Español rugiendo por el tres a cero de la ida de las semis de la UEFA, o por el que se me llenan los ojos de lágrimas cuando veo una tragedia en las noticias. Porque de repente te identificas con alguien en la otra punta del mundo y sientes lo que deben de estar sintiendo ellos...

Es una cualidad genial, ¿verdad? Es increíble que los seres humanos tengamos esa capacidad de empatizar. En el caso de un partido de fútbol es intrascendente, eso es evidente, pero qué bonito es tener la capacidad de hacerlo en otros momentos de nuestra vida (y en el partido de fútbol también, joder).

viernes, 27 de abril de 2007

La arbitrariedad

La semana pasada fuimos a conocer al hijo de mi amiga Vero. Fuimos a casa de sus suegros, comimos pastel, charlamos, escuchamos música y de paso les presentamos también a nuestros hijos pequeños, que ni Vero ni Dani conocían. Había mucha gente y la verdad es que fue una fiesta bonita y divertida. Y me hizo pensar un montón.

Conocí a Vero en primero de carrera. Las dos entrábamos en Traducción como segunda carrera, después de haber pasado un año, yo en biología y ella en psicología. Coincidimos en clase de portugués y nos caímos bien. Y siempre nos hemos caído bien. Sin embargo nunca hemos sido grandes amigas. Y la culpa de todo la tiene el tiempo, el momento, la situación.

Sé que no estoy descubriendo la sopa de ajo al decir que nuestros amigos nacen, sencillamente, de la casualidad. De coincidir una noche en una discoteca, o en la misma clase de preescolar. De asistir a las mismas clases, de vivir cerca, de jugar en el mismo equipo de baloncesto. Así hacemos amigos. Y es curioso, pero para que nazca una amistad se necesita que confluyan un montón de factores totalmente arbitrarios.

Cuando yo conocí a Vero, hacíamos cosas diferentes, frecuentábamos sitios diferentes y teníamos actitudes diferentes. Nos contábamos un montón de cosas en clase y nos llevábamos muy bien, pero nunca nos veíamos fuera de la universidad. Luego yo empecé a salir con un chico y ella se fue de Erasmus. Y seguíamos llevándonos bien, contándonos un montón de cosas. Pero nunca hemos sido amigas.

Cada vez que veo a Vero, pienso que en cualquier otro momento, en cualquier otra situación, podríamos haber sido amigas íntimas, pero nunca se han dado las condiciones necesarias para que lo seamos. Y me parece alucinante.

La amistad es algo arbitrario. Lo veo en los amigos que conserva mi pomelo, amigos de toda la vida que si conociera hoy no serían sus amigos. Lo veo en los amigos que tenemos, que salen de la variopinta cantidad de actividades a las que nos hemos dedicado. Amigos del baloncesto, amigos del trabajo, amigos traductores, amigos por correspondencia, amigos de la escuela. Amigos igualitos a nosotros y amigos tan diferentes que es increíble que seamos amigos. Amigos que no lo son aunque tendrían que serlo, y amigos que siguen siéndolo a pesar de que nunca habríamos creído que lo seríamos.

A veces ocurre. Y no es que sea algo que me preocupe, porque sigo viendo a Vero seis años después de terminar la carrera. No como grandes amigas, sino como buenas conocidas, pero por lo menos nos seguimos viendo. Y no lamento que nuestra relación no haya evolucionado hasta ser una verdadera amistad, porque sencillamente así ha sido, pero siempre pienso en lo curioso que es.

Sant Jordi

Me encanta la fiesta de Sant Jordi. Es la mejor fiesta del año, la más bonita. Porque, para empezar, ¿a alguien se le ocurre algo más hermoso que llenar las calles de flores y libros?

Te levantas por la mañana y las librerías del barrio han sacado mesas a la calle. Mesas que cubren de libros de toda clase, de las últimas novedades, de los libros que siempre se venden, de libros infantiles y de novelas baratas. Libros para todos los gustos.

Los niños de los colegios, las asociaciones, las ONG montan sus puestos de rosas. Rosas que compiten por llamar la atención por el motivo que sea. Rosas de colores, de papel, de caramelo. Rosas envueltas en tela de arpillera, en celofán, en cintas de colores.

Y de repente todo el pueblo, toda la ciudad, todo el barrio sale a la calle. La gente se apretuja, hojea los libros y le pregunta al librero cualquier cosa. Todos pedimos a amigos y conocidos que nos recomienden algo, o nos contamos qué libros hemos comprado y por qué motivo. Compramos libros para toda la familia, llevamos a los niños a comprar libros, nos tomamos un rato para ver, mirar y pasar miles de páginas, buscando algo que nos guste o nos sorprenda.

Los libreros catalanes venden el diez por ciento de los libros que venden en un año, en un solo día. Un millón de libros. Un millón de libros que se compran en la calle, en una fiesta. Un millón de libros en los miles de puestos callejeros en los que los libreros se afanan por ayudarnos. Todos nos dejamos llevar y gastamos más de lo que gastaríamos en libros cualquier otro día.

Pero lo mejor del día de Sant Jordi es el momento de llegar a casa y abrir las bolsas. El momento de sacar los libros que huelen a nuevo, a deliciosos papel y tinta. El momento de hojearlos con calma, de pasear la mirada por los lomos, de acariciarlos, de amontonarlos en la mesilla de noche. El momento de comprobar las buenas elecciones que hemos hecho.

Acaba de pasar una de las mejores fiestas que existen. Y lo curioso es que es una fiesta que podríamos celebrar todos los días. Cualquier día podemos entrar en una librería a curiosear, hojear y preguntar. Cualquier día podemos regalar flores. Y sin embargo es en Sant Jordi cuando salimos a hacerlo. Y quizás eso convierte el 23 de abril en un día tan mágico. El hecho de que no lo es en absoluto. Es solo un día corriente en el que compramos libros y flores. Y eso nos hace felices.

sábado, 21 de abril de 2007

El gol

Bien, no puedo resistirme. Si alguien vive en otro planeta y no ha visto lo que es capaz de hacer Messi con un balón en los pies, que lo mire ya aquí.

Yo soy futbolera de andar por casa, fanática únicamente del mundial de fútbol, que para mí es directamente el mejor espectáculo del mundo. Pero cuando una ve un gol así (y más aún si una es del Barça), se reconcilia con el fútbol y con el deporte.

El fútbol es un espectáculo. Que nos lo devuelvan. Que dejen de especular con los resultados. Que dejen de defender esperando el momento de ganar el partido en un contraataque. Que dejen que los jugadores jueguen y no trabajen tanto.

Ojalá ver un gol como este no fuese una anécdota y una noticia. Ojalá fuese así todos los fines de semana.

martes, 17 de abril de 2007

Idiomas

Al hilo de la polémica del vídeo de Telemadrid que comentaba ayer, me ha venido a la cabeza un excelente artículo de Manuel de España en El Jueves. En él decía que lo que debíamos hacer era entender de una vez por todas que nadie hablaba otra lengua para tocarnos las narices ni para hacernos la puñeta. Que la gente usa una lengua diferente a la nuestra porque es la suya, la que quiere y la que usa para expresarse.

Realmente, creo que en este país se peca mucho de no querer entender ese tipo de situaciones, a uno y a otro lado de la barrera, eso sí. Y algunos creen que el catalán, el euskera y el galego nacieron solo para molestar a los españoles, mientras que otros creen que aquellos que se sienten españoles les atacan directamente.

Así que a ver si aprendemos de una vez que nadie usa una lengua o tiene un sentimiento para fastidiarnos, y empezamos a intentar entender la situación en la que se encuentra el otro.

viernes, 23 de marzo de 2007

Comercio justo

Estoy a favor del comercio justo, eso que quede claro. Hace años que compro el arroz en la tienda de Intermon del centro de Sabadell y lo hago plenamente convencida de que el comercio justo es una idea buenísima y un concepto genial.

Pero me temo que hay muchas cosas negativas en el comercio justo y que poco a poco vamos a tener que ayudar a que cambien, o continuará siendo una parte ínfima del comercio en general.

Lo primero que hay que solucionar es el precio. Supongo que los precios que tiene ahora el comercio justo, particularmente la comida, es el resultado de una producción pequeña y de una red de distribución pequeña, y que por eso resulta tan escandalosamente caro. La comida es decididamente cara y eso es un gran problema a la hora de dar a conocer el comercio justo al gran público. Cuando un kilo de arroz cuesta tres euros, sabes que tu único público es un ciudadano con un poder adquisitivo medio-alto, y que jamás llegarás a una mayoría que paga menos de la mitad de ese dinero por el arroz que compra en su supermercado.

Es decir, la idea del comercio justo no puede ni debe ser que los productos se encarezcan un 100% o un 150%, sino que el intermediario no tenga los beneficios astronómicos que obtiene y que el productor reciba un precio justo por su mercancía, un precio que le permita vivir de su trabajo.

Y dicho esto, es cuestión de empezar a pensar en expandir la idea del comercio justo a todos los ámbitos de la producción, puesto que en todos los países, los agricultores están empezando a perder el poder de decidir a qué precio venden sus productos, ya que los intermediarios que los compran son los que ponen los precios que más les convienen.

Así pues, la idea es que los productos valgan lo que cuestan y que toda la cadena de producción y comercialización pueda vivir con los precios que se cobran. Y ahí es donde el comercio justo tiene que saber ajustarse a la situación actual de mercado. Supongo que la producción de comercio justo se ve limitada por su escasez y su poca distribución, y eso hace que repercutan los precios sobre el comprador, pero el fenómeno del comercio justo nunca llegará a ser un fenómeno generalizado a menos que consigamos que los precios sean competitivos. Una persona con unos ingresos modestos, hará el esfuerzo de comprar un producto de comercio justo, si la diferencia de precio es asumible, un 30 o un 40%. Pero no lo hará si la diferencia alcanza o supera el 100%. De algún modo, la industria del comercio justo tiene que buscar la manera de compatibilizar la justicia con unos precios que la gente pueda pagar.

El segundo problema que tiene el comercio justo es un problema de distribución. Yo compro arroz en la tienda de Intermon porque está en el centro de mi ciudad y paso a veces por allí. Pero la verdad es que la gente necesita una distribución adecuada de los productos y tener la oferta en el comercio en el que compra habitualmente. Aunque muchas cadenas de supermercados se han adherido a las campañas de comercio justo y han prometido distribuir esos productos, a la hora de la verdad no están en las estanterías. Hay que luchar para que estén y para que nadie tenga la excusa de no saber o no haber visto.

El tercer problema es la variedad de productos. Cuando uno va a comprar productos de comercio justo no tiene mucha variedad. Hay especias, salsas, arroz, café, chocolate, azúcar y pasta. Pero no hay más, y no hay una renovación de productos. Habría que intentar comercializar otros tipos de productos, como harinas, sémolas, conservas... Incluso habría que plantearse la viabilidad del comercio justo global e inaugurar tiendas que unificaran el comercio justo con el tercer mundo y con los agricultores del mal llamado primer mundo. Así uno no tendría que comprar el café y el azúcar en un sitio y la leche y la fruta en otro.

El comercio justo es una idea estupenda y funciona muy bien para objetos de regalo y ropa, que son productos de buena calidad con precios más ajustados, pero todavía queda mucho para que funcione todo lo bien que podría y debería en el campo alimentario y cosmético. Hace falta un esfuerzo social importante, pero también hace falta aprender de la experiencia de años de comercio justo.