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jueves, 15 de octubre de 2009

Carta de amor al Festival de Sitges (y a la ciudad)

Hace 12 años pisé por primera vez el cine Retiro para una maratón del Festival de Cine de Sitges. Sin que yo lo supiera iniciaba así una tradición, un rito que se repite todos los años y que me convierte en la persona más feliz del mundo durante los diez días que dura la muestra.

Aquel primer año me perdí los últimos cinco minutos de Gattaca, porque el último tren salía a una hora indecentemente temprana y yo todavía no tenía coche.

Tardaría dos ediciones más a ir a una sesión normal, un día por la noche, en el 99, y a partir de entonces las sesiones, las películas y los cines empezaron a multiplicarse.

El motivo principal por el que me encanta el festival de cine de Sitges es, seguramente, el que hace que los esnobs frunzan la nariz y que los cinéfilos más recalcitrantes se lleven las manos a la cabeza. Y es que a Sitges la gente va a disfrutar. Se lanzan estruendosas ovaciones cuando el bueno le pega un tiro en la frente al malo, cuando una frase del guión es particularmente graciosa o cuando la cantidad de sangre en pantalla aumenta de repente de cero a cien en un segundo. La gente va por la calle hablando de directores coreanos o japoneses, se acaban las entradas para las sesiones de clásicos de la ciencia ficción, se hacen colas imposibles para entrar a la sala a ver una sesión nocturna de películas de serie B.

El día perfecto es el que hace sol y llevas las entradas en el bolsillo. El día que hueles el mar mientras te acercas por la autopista y te pierdes un rato en las hermosas calles de la ciudad mientras haces tiempo para entrar a ver tu peli. El día que te paras en el bar a tomar un café y te lees el periódico del festival. Después vas al Retiro, que para mí es el mejor cine del festival (quizás no por comodidad, pero sí por todo lo demás) y cuando acabas la peli la comentas de camino a la Cantonada, a tomarte un frankfurt servido por Kevin Smith (que este año no estaba...).

No puedo poner en palabras todo lo que le debo al festival en mi formación cinematográfica. Allí vi mi primera película de Johnnie To, que pasó a convertirse directamente en uno de mis directores favoritos. Allí descubrí a Park Chan-woo, vi The Ring y me morí de miedo y descubro todos los años excelentes películas y cinematografías que ni sabía que existían.

Pero cuando le digo a alguien que voy al festival, el ochenta por ciento de las veces me dice: "¿A ti te gusta ese cine?" Y aunque no suelo decirlo, porque soy educada hasta resultar imbécil, pienso siempre "¿qué cine?" A mí me gusta el cine. Todo. En su totalidad. Y el cine es fantasía. ¿A alguien puede no gustarle la fantasía, la imaginación, la creatividad? Porque además de sangre, vísceras y zombies (que me encantan, eso sí), hay un montón de películas llenas de magia, de ternura, de sorpresa. Películas como Mr. Nobody este año, que me encantó (y a toda la sala también) o como "Soy un cyborg" o como muchas otras. Porque el cine fantástico no es sólo gore y cuanto antes lo entendamos, mejor para todos, pero especialmente para las películas.

Ya cuento los días que faltan para el próximo festival de Sitges.

lunes, 21 de mayo de 2007

Desnudas

El viernes pasado, mi pomelo disfrutaba de una cena en Construmat y mis tres retoños dormían y roncaban en su habitación, así que encendí la tele para que me hiciera compañía mientras recogía un poco y preparaba una lavadora (qué vida más excitante, amigos). Y como los fines de semana la televisión es infumable, terminé mirando, o más bien, mirando a trozos y escuchando, "Desnudas", el programa de Cuatro en el que mujeres acomplejadas aprenden a sacarse partido y a encontrarse atractivas.

No soy una gran aficionada a estos programas y no sé si realmente funcionan o tienen éxito entre el público televisivo, pero creo que un programa de este tipo se merece una felicitación enorme en forma de ovación ensordecedora con el público puesto en pie. Cada vez más, aquí y allá nos dicen a hombres y mujeres que debemos ser mejores, más guapos, más jóvenes, más delgados o más fuertes, más altos, más bajos, más rubios o más morenos. Y cada vez más se nos recuerda que no hay límite, que podemos pedirlo todo, porque si la naturaleza y la genética no nos lo han dado, siempre habrá un bisturí y una prótesis dispuestos a ponernos o sacarnos lo que haga falta.

La gente ya no tiene edad y es curioso como se nos intenta uniformar para que seamos todos iguales, sin rasgos distintivos. Mi pomelo y yo comentamos a menudo que las estrellas de la canción estadounidense, particularmente en sus vídeos musicales, son totalmente irreconocibles e indistinguibles, por el maquillaje y los filtros que se usan para grabarlas. Ninguna de ellas tiene marcas de expresión, pecas o cicatrices, todas tienen una cara lisa y perfecta en la que solo se pueden apreciar los ojos teñidos de negro y la boca pintada de rojo.

Si "Desnudas" es un buen programa, es principalmente porque no intenta convencer a nadie de que tiene un cuerpo perfecto. El programa se centra en elegir la ropa, el peinado y el maquillaje que mejor le sienta a cada una de las participantes, y en hacerles perder la vergüenza a exhibirse y a desnudarse. Se centra también en el refuerzo positivo, en potenciar las mejores partes de la anatomía y disimular las peores. En definitiva, en ayudar a las mujeres a recuperar su autoestima y su derecho a ser diferentes e imperfectas.

Felicidades a Cuatro por ir contracorriente mientras en otras cadenas se estrenan (y fracasan) programas en los que operan a las personas hasta dejarlas irreconocibles, sin pensar en los efectos psicológicos que tanta operación y tanto cambio puede tener sobre las participantes y sobre sus familias.

Y felicidades también, de paso, a Dove, que ha apostado por una campaña arriesgada que le está dando muchísimos beneficios, en la que las modelos de sus anuncios son mujeres guapas, pero normales y corrientes, permitiéndonos a todas las que no medimos metro setenta, ni usamos una talla 36, respirar aliviadas por vernos representadas en algún lugar y dejar de ser totalmente invisibles.