A un señor valenciano, Gas Natural le ha enviado una factura en la que algún graciosillo le había cambiado los apellidos por Gilipollas Caraculo. Así, Antonio Lo-Que-Sea, ha recibido una factura correcta, con todos sus datos, pero a nombre de un tal Antonio Gilipollas Caraculo.
Hasta aquí, una anécdota divertida y hasta entrañable. Gas Natural ya ha hecho todo lo que tenía que hacer, ha pedido perdón, ha abierto una investigación y patatín y patatán, y todo bien, y todo genial.
Pero resulta que el bueno de Antonio pide una compensación económica. No sé si a vosotros os suena igual de aberrante que a mí, porque a mí me parece un despropósito de los gordos. Antonio pide dinero por daños psicológicos y morales. Y yo, lo único que puedo pensar es que nos estamos volviendo locos, y nos dirigimos a todo gas a una sociedad como la estadounidense, donde todo es denunciable, incluso Dios o la naturaleza.
No quiero hacer demagogia al decir que hay cosas mil millones de veces más importantes que esta, aunque las haya, pero sí que me parece alucinante que hayamos llegado a un punto en el que convertimos todo en un negocio, y presuponemos una maldad en las acciones de todo el mundo. Un trabajador hace una broma, cambia los apellidos de un tipo en una factura y se olvida de borrarlos y corremos a denunciarle por ¡daños morales! como si en ello nos fuera la vida. A mí me parece como mucho anecdótico, y creo que no puede causar demasiados daños morales. Todo lo contrario, lo que causará será unas risas. Si yo fuera Antonio, enmarcaría la factura y la exhibiría en el recibidor.
Perdemos el sentido del humor a pasos agigantados y mermamos la comunicación en nuestra sociedad, ya que, ante la posibilidad de que nos denuncien por cualquier cosa, optamos todos por ser correctos, por no burlarnos de nadie, por no decir nada que se pueda malinterpretar. Vaya una mierda.
viernes, 7 de diciembre de 2007
viernes, 28 de septiembre de 2007
La buena educación
Tengo una foto en la que estoy bebiendo de una botella de refresco sentada sobre la hierba. En la foto debo de tener unos dos añitos y estoy muy mona y muy relajada. Es una foto de un festival de música al que me llevaron mis padres en algún momento.
Cuando tenía siete u ocho años, mis padres me llevaron a ver ET. Subtitulada. Lloré un montón cuando ET se marchó y dejó a Elliott en la tierra. Lloré tanto, que a la salida del cine mi padre me regaló una revista. Él compraba un semanario de humor llamado así, Humor, que sacó una versión infantil, Humi. Eso me compró mi padre para consolarme tras el disgusto de ver a dos amigos separarse.
Cuando era adolescente o más bien preadolescente, una amiga de mi madre me enseñó los diarios de Anaïs Nin. Le pedí que me los prestara para leer. Ella miró a mi madre que le dijo que sí, que claro. No los leí, claro está, me aburrieron soberanamente, pero Elena, la amiga de mi madre se quedó pasmada al recibir consentimiento para dejármelos.
Cuando ya era adolescente, mi madre me llevó al cine. Fuimos a ver "Los amigos de Peter". A los pocos meses fui por primera vez sola a los cines Verdi. Vi "Azul".
En todo esto pensaba el otro día en el concierto de Police. Pensaba en lo extraño que es educar. Pensaba que mis padres, aun habiéndose equivocado mucho en mi educación o en su manera de tratarme, me dieron desde muy pequeña algo que nunca podré agradecer lo bastante. Me dieron la oportunidad de conocer. Me llevaron a conciertos y me hicieron escuchar música. No música para niños, aunque tuve muchos discos de Parchís, sino música, en general, de la que le gustaba a mi padre. Me aprendí de memoria canciones de los Beatles, de Eric Clapton, de Sabina, de Serrat, de Radio Futura. Mi padre cantaba, y yo con él. Leí todo lo que había en mi casa. Nunca un libro fue poco adecuado. Cuando empecé a leer, cualquier cosa que hubiera en la casa podía leerse y disfrutarse. Empecé a ir al cine. Sola, a ver cine subtitulado, a seguir los grandes ciclos de cine de la televisión. Nunca hubo una película poco adecuada, ni un control sobre mis gustos.
Todo eso me dieron mis padres, quizás incluso sin proponérselo. Me dieron sus gustos, sus aficiones, sus intereses. Me llevaron y me hicieron participar de todo lo que les apasionaba. Y por eso estuve ayer coreando canciones de Police. Porque alguien, en su día, me los hizo escuchar.
Es difícil educar a un hijo, uno nunca sabe qué dar y qué no. Y sin embargo es muy fácil. A veces solo se trata de compartir.
Cuando tenía siete u ocho años, mis padres me llevaron a ver ET. Subtitulada. Lloré un montón cuando ET se marchó y dejó a Elliott en la tierra. Lloré tanto, que a la salida del cine mi padre me regaló una revista. Él compraba un semanario de humor llamado así, Humor, que sacó una versión infantil, Humi. Eso me compró mi padre para consolarme tras el disgusto de ver a dos amigos separarse.
Cuando era adolescente o más bien preadolescente, una amiga de mi madre me enseñó los diarios de Anaïs Nin. Le pedí que me los prestara para leer. Ella miró a mi madre que le dijo que sí, que claro. No los leí, claro está, me aburrieron soberanamente, pero Elena, la amiga de mi madre se quedó pasmada al recibir consentimiento para dejármelos.
Cuando ya era adolescente, mi madre me llevó al cine. Fuimos a ver "Los amigos de Peter". A los pocos meses fui por primera vez sola a los cines Verdi. Vi "Azul".
En todo esto pensaba el otro día en el concierto de Police. Pensaba en lo extraño que es educar. Pensaba que mis padres, aun habiéndose equivocado mucho en mi educación o en su manera de tratarme, me dieron desde muy pequeña algo que nunca podré agradecer lo bastante. Me dieron la oportunidad de conocer. Me llevaron a conciertos y me hicieron escuchar música. No música para niños, aunque tuve muchos discos de Parchís, sino música, en general, de la que le gustaba a mi padre. Me aprendí de memoria canciones de los Beatles, de Eric Clapton, de Sabina, de Serrat, de Radio Futura. Mi padre cantaba, y yo con él. Leí todo lo que había en mi casa. Nunca un libro fue poco adecuado. Cuando empecé a leer, cualquier cosa que hubiera en la casa podía leerse y disfrutarse. Empecé a ir al cine. Sola, a ver cine subtitulado, a seguir los grandes ciclos de cine de la televisión. Nunca hubo una película poco adecuada, ni un control sobre mis gustos.
Todo eso me dieron mis padres, quizás incluso sin proponérselo. Me dieron sus gustos, sus aficiones, sus intereses. Me llevaron y me hicieron participar de todo lo que les apasionaba. Y por eso estuve ayer coreando canciones de Police. Porque alguien, en su día, me los hizo escuchar.
Es difícil educar a un hijo, uno nunca sabe qué dar y qué no. Y sin embargo es muy fácil. A veces solo se trata de compartir.
domingo, 19 de agosto de 2007
Navarro, o el doble rasero culé
Hace días que leo en los periódicos deportivos a algunos personajes agraviados y enfadados por la marcha de Navarro a la NBA. Personajillos que se indignan por la apuesta del jugador, que pasa a tener uno de los peores contratos de la mejor liga del mundo, solo por poder jugar y aprender allí.
Y me sorprende mucho que se hable tanto de que si el Barça le ha rebajado la cláusula de recisión, de si se marcha contento con un conveniente plan de amortización de su deuda con el club.
Los culés somos los primeros que prácticamente exigimos a todos los jugadores que entran en la disciplina del club que se identifiquen con nuestros colores y nuestra historia. Les enseñamos que el Barça es más que un club, que es la identidad y el corazón de un sector de la población catalana. Les pedimos que aprendan catalán, que sientan la camiseta, que respeten nuestra cultura. No les tratamos como a empleados, sino les pedimos que se conviertan en símbolos de un determinado sentir. Los que no responden bien, suelen marcharse. Los que encajan, acaban por quedarse incluso a vivir por aquí, entre nosotros, y nos sentimos orgullosos de ello.
Sin embargo, en el caso de Navarro, algunas voces culés piden que le tratemos como a un empleado, que saquemos rendimiento económico del sueño de un jugador que lo ha dado todo por el club y que nos ha salvado el culo en más de una ocasión. He leído que perdemos dinero, que es una vergüenza, que Laporta ha hecho mal en permitirlo y montones de sandeces iguales.
Estoy muy orgullosa de que el Barça trate tan bien a un jugador que es, por derecho propio, un símbolo para todos los aficionados al baloncesto. Espero que en la NBA todo le vaya de perlas, y me alegra muchísimo que haya podido aprovechar su oportunidad de vivir una liga tan competitiva como la estadounidense.
Me encanta que tratemos a nuestros jugadores exactamente igual que como les pedimos que nos traten a nosotros. Me gusta que les entendamos, que les escuchemos y que les ayudemos a conseguir lo que siempre han querido.
Que sigan esos personajes criticando, que yo intentaré ver todos los partidos de Memphis que pueda, para seguir disfrutando del jugador que tantas alegrías me ha dado en el Barça.
Y me sorprende mucho que se hable tanto de que si el Barça le ha rebajado la cláusula de recisión, de si se marcha contento con un conveniente plan de amortización de su deuda con el club.
Los culés somos los primeros que prácticamente exigimos a todos los jugadores que entran en la disciplina del club que se identifiquen con nuestros colores y nuestra historia. Les enseñamos que el Barça es más que un club, que es la identidad y el corazón de un sector de la población catalana. Les pedimos que aprendan catalán, que sientan la camiseta, que respeten nuestra cultura. No les tratamos como a empleados, sino les pedimos que se conviertan en símbolos de un determinado sentir. Los que no responden bien, suelen marcharse. Los que encajan, acaban por quedarse incluso a vivir por aquí, entre nosotros, y nos sentimos orgullosos de ello.
Sin embargo, en el caso de Navarro, algunas voces culés piden que le tratemos como a un empleado, que saquemos rendimiento económico del sueño de un jugador que lo ha dado todo por el club y que nos ha salvado el culo en más de una ocasión. He leído que perdemos dinero, que es una vergüenza, que Laporta ha hecho mal en permitirlo y montones de sandeces iguales.
Estoy muy orgullosa de que el Barça trate tan bien a un jugador que es, por derecho propio, un símbolo para todos los aficionados al baloncesto. Espero que en la NBA todo le vaya de perlas, y me alegra muchísimo que haya podido aprovechar su oportunidad de vivir una liga tan competitiva como la estadounidense.
Me encanta que tratemos a nuestros jugadores exactamente igual que como les pedimos que nos traten a nosotros. Me gusta que les entendamos, que les escuchemos y que les ayudemos a conseguir lo que siempre han querido.
Que sigan esos personajes criticando, que yo intentaré ver todos los partidos de Memphis que pueda, para seguir disfrutando del jugador que tantas alegrías me ha dado en el Barça.
martes, 24 de julio de 2007
El secuestro
Llevo varios días indignada por un episodio que es más propio de regímenes dictatoriales que de una democracia que nos pasamos el día pregonando y de la que fardamos como de un coche deportivo. Nos colgamos cartelitos que dicen que somos demócratas y vamos dando lecciones a los países menos afortunados. Nos indignamos cuando por ahí alguien se enfada porque hacemos una caricatura de un dios y les damos clases de libertad de expresión. Todo desde nuestra privilegiada posición de burgueses demócratas del mundo.
Y sin embargo, hace unos días, un juez secuestró una revista humorística por poner en la portada una caricatura de Felipe y Letizia haciendo el amor. Entre los motivos esgrimidos para cometer este atropello, se ha argumentado que es una imagen vejatoria y calumniadora. Y yo me pregunto: ¿no sería más calumniador acaso decir que Felipe y Letizia no hacen el amor y que, por ejemplo, han tenido a sus dos hijas por inseminación artificial? ¿Es vejatorio hacer el amor? Y es que por ahí también se ha dicho que lo vejatorio no era el hecho de que hicieran el amor, sino la postura, Letizia apoyada en manos y rodillas sobre la cama, y Felipe de pie. ¿Es vejatorio hacer el amor en la postura que más nos apetezca? Lo lamento mucho por las mujeres, los maridos, novias, novios y amantes de todos aquellos que sostienen esta teoría.
Lo cierto es que tenemos de todo menos libertad de expresión. O por lo menos no tenemos libertad de expresión cuando se trata de hablar de determinadas personas de nuestra sociedad. A nadie le importa que ZP y Rajoy se insulten abiertamente, que políticos y famosetes de medio pelo salgan en la tele gritándose de todo y calumniándose a todas horas. Nadie ha cerrado ningún programa magazine de esos en los que los concursantes de diferentes realities salen a mentir descaradamente y a acusarse unos a otros de las atrocidades más espantosas. Eso está bien. En cambio, suponer que Felipe y Letizia tienen una vida sexual sana está mal, es criticable e incluso delito.
A mí que me lo expliquen, porque no lo entiendo.
Por suerte, como siempre que ocurren estas cosas, lo que se ha conseguido ha sido un efecto rebote. La portada de El Jueves ha sido noticia en todo el mundo, la edición se agotó en todos los quioscos antes de que la policía pudiera retirarla y el movimiento solidario va a hacer que una revista inteligente e irreverente como El Jueves registre un aumento importante en sus ventas.
Desde aquí os animo a comprarla y a visitar su página web: http://www.eljueves.es porque cada vez parece que es más necesario que recuperemos el sentido del humor y que lo usemos.
Y sin embargo, hace unos días, un juez secuestró una revista humorística por poner en la portada una caricatura de Felipe y Letizia haciendo el amor. Entre los motivos esgrimidos para cometer este atropello, se ha argumentado que es una imagen vejatoria y calumniadora. Y yo me pregunto: ¿no sería más calumniador acaso decir que Felipe y Letizia no hacen el amor y que, por ejemplo, han tenido a sus dos hijas por inseminación artificial? ¿Es vejatorio hacer el amor? Y es que por ahí también se ha dicho que lo vejatorio no era el hecho de que hicieran el amor, sino la postura, Letizia apoyada en manos y rodillas sobre la cama, y Felipe de pie. ¿Es vejatorio hacer el amor en la postura que más nos apetezca? Lo lamento mucho por las mujeres, los maridos, novias, novios y amantes de todos aquellos que sostienen esta teoría.
Lo cierto es que tenemos de todo menos libertad de expresión. O por lo menos no tenemos libertad de expresión cuando se trata de hablar de determinadas personas de nuestra sociedad. A nadie le importa que ZP y Rajoy se insulten abiertamente, que políticos y famosetes de medio pelo salgan en la tele gritándose de todo y calumniándose a todas horas. Nadie ha cerrado ningún programa magazine de esos en los que los concursantes de diferentes realities salen a mentir descaradamente y a acusarse unos a otros de las atrocidades más espantosas. Eso está bien. En cambio, suponer que Felipe y Letizia tienen una vida sexual sana está mal, es criticable e incluso delito.
A mí que me lo expliquen, porque no lo entiendo.
Por suerte, como siempre que ocurren estas cosas, lo que se ha conseguido ha sido un efecto rebote. La portada de El Jueves ha sido noticia en todo el mundo, la edición se agotó en todos los quioscos antes de que la policía pudiera retirarla y el movimiento solidario va a hacer que una revista inteligente e irreverente como El Jueves registre un aumento importante en sus ventas.
Desde aquí os animo a comprarla y a visitar su página web: http://www.eljueves.es porque cada vez parece que es más necesario que recuperemos el sentido del humor y que lo usemos.
martes, 19 de junio de 2007
Freak
Eso me dice mi pomelo a todas horas. Dice que no sabe por qué me preocupo por las cosas que me preocupo. Dice que no entiende cómo puedo pensar en las cosas que pienso. Dice que no hay nadie en el mundo a quien le importe en absoluto lo que a mí me parece indignante o alarmante. Pero no es verdad.
Aunque lleva diciéndomelo desde que nos conocemos, últimamente no se calla porque hay dos anuncios que me traen por el camino de la amargura. Y estoy segura de que mucha más gente se ha fijado en lo mismo que me he fijado yo, lo que pasa es que ellos no se lo cuentan a mi pomelo.
El primer anuncio es el de Estrella Damm. La primera vez que lo vi, me encantó, y creo que es una idea excelente. Los de Estrella llevan años basando sus campañas en la antigüedad de su marca, pero este es, de largo, el mejor anuncio que se les ha ocurrido. En él se ve un entierro en el que se han reunido personas de lo más diversas. En el ataúd, hay un joven con bañador y el pelo húmedo, que sujeta una Estrella. Damos un salto en el tiempo y le vemos unos años atrás, en bañador y con la cerveza, en su fiesta de cumpleaños. Cumple ochenta años y sus nietas, dos adolescentes, llevan un cartel en el que se lee "Felicidades, abuelo". Volvemos a dar un salto en el tiempo y le vemos jugando a tenis y tirando una pelota fuera para que una chica se incline a recogérsela. Él, en bañador y cerveza en mano, le mira las bragas a la chica con el resto de sus amigos jubilados. Otro salto en el tiempo y le vemos como director de una empresa, en bañador y con cerveza. Otro salto y le vemos casándose con una chica muy guapa, en bañador y con cerveza. Y con un último salto nos plantamos en una noche de fiesta en la playa, donde por fin el bañador y la cerveza tienen cabida, y nuestro chico ve pasar una estrella fugaz y pide un deseo: "Para siempre". Hasta ahí todo estupendo. Un buen anuncio. Pero resulta que a alguien se le ocurrió rotular los años en los que suceden las diferentes cosas. Y tenemos esto:
1952 - Fiesta en la playa
1963 - Boda hippie
1975 - Reunión de negocios
1984 - Partida de tenis
1992 - 80 cumpleaños
2007 - Funeral
Bien, pues no me cuadran los números. Y eso me obsesiona muchísimo. Vale, sí, soy una mente cerrada y obtusa que necesita que cuadren las cosas, es verdad. Pero es que no cuadra. ¿En la fiesta de la playa tenía 40 años? Si se casa en el 63, ¿cómo puede tener nietas adolescentes 29 años después? Vale, podría ser que tuviera hijos de un matrimonio anterior (coño, casándose a los 51 años, todo puede ser). Pero ese chico no puede tener cuarenta años. Si los cuarentones del 52 montaban esas fiestas en la playa y estaban así de estupendos, tenemos mucho que aprender.
El otro anuncio es malo. Es el nuevo anuncio de Tampax en el que una chica lleva la falda metida en las braguitas y va enseñando el culo. Cuando se baja del ascensor, le dice al chico que espera en la puerta: "La cremallera". Y cuando el chico corre a tocarse la entrepierna, vemos claramente que se trata de un pantalón de botones. Ostras, ahí hay que decir "La bragueta" y te quedas tan ancho. Aunque quizás es solo una estrategia para que nos adentremos en el encefalograma plano de una chica que no nota que lleva la falda metida en las bragas y el culo al aire... Si no se da cuenta de eso, ¿cómo queremos que sepa que lo de ese chico son botones?
En fin, que sí, que soy de las que se fijan si cuando cambia el plano en la película o la serie de turno, cambia también la posición de las cosas y de los personajes. Soy de las que se indignan cuando un personaje utiliza mal un pronombre. Soy de las que se plantean la verosimilitud de los guiones y de las que señalan cualquier fallo de coherencia que puedan descubrir. Pero no soy la única. Y eso me tranquiliza.
Un chico se ha dedicado a mirar si en los paquetes de sopa de letras Gallo estaban todas las letras del abecedario, y se ha quejado a la empresa porque ha detectado que faltan la U y la W. Podéis leerlo todo en http://mefaltanletras.blogspot.com donde Abel explica con todo lujo de detalles sus descubrimientos y su intercambio de mails con Pastas Gallo.
Aunque lleva diciéndomelo desde que nos conocemos, últimamente no se calla porque hay dos anuncios que me traen por el camino de la amargura. Y estoy segura de que mucha más gente se ha fijado en lo mismo que me he fijado yo, lo que pasa es que ellos no se lo cuentan a mi pomelo.
El primer anuncio es el de Estrella Damm. La primera vez que lo vi, me encantó, y creo que es una idea excelente. Los de Estrella llevan años basando sus campañas en la antigüedad de su marca, pero este es, de largo, el mejor anuncio que se les ha ocurrido. En él se ve un entierro en el que se han reunido personas de lo más diversas. En el ataúd, hay un joven con bañador y el pelo húmedo, que sujeta una Estrella. Damos un salto en el tiempo y le vemos unos años atrás, en bañador y con la cerveza, en su fiesta de cumpleaños. Cumple ochenta años y sus nietas, dos adolescentes, llevan un cartel en el que se lee "Felicidades, abuelo". Volvemos a dar un salto en el tiempo y le vemos jugando a tenis y tirando una pelota fuera para que una chica se incline a recogérsela. Él, en bañador y cerveza en mano, le mira las bragas a la chica con el resto de sus amigos jubilados. Otro salto en el tiempo y le vemos como director de una empresa, en bañador y con cerveza. Otro salto y le vemos casándose con una chica muy guapa, en bañador y con cerveza. Y con un último salto nos plantamos en una noche de fiesta en la playa, donde por fin el bañador y la cerveza tienen cabida, y nuestro chico ve pasar una estrella fugaz y pide un deseo: "Para siempre". Hasta ahí todo estupendo. Un buen anuncio. Pero resulta que a alguien se le ocurrió rotular los años en los que suceden las diferentes cosas. Y tenemos esto:
1952 - Fiesta en la playa
1963 - Boda hippie
1975 - Reunión de negocios
1984 - Partida de tenis
1992 - 80 cumpleaños
2007 - Funeral
Bien, pues no me cuadran los números. Y eso me obsesiona muchísimo. Vale, sí, soy una mente cerrada y obtusa que necesita que cuadren las cosas, es verdad. Pero es que no cuadra. ¿En la fiesta de la playa tenía 40 años? Si se casa en el 63, ¿cómo puede tener nietas adolescentes 29 años después? Vale, podría ser que tuviera hijos de un matrimonio anterior (coño, casándose a los 51 años, todo puede ser). Pero ese chico no puede tener cuarenta años. Si los cuarentones del 52 montaban esas fiestas en la playa y estaban así de estupendos, tenemos mucho que aprender.
El otro anuncio es malo. Es el nuevo anuncio de Tampax en el que una chica lleva la falda metida en las braguitas y va enseñando el culo. Cuando se baja del ascensor, le dice al chico que espera en la puerta: "La cremallera". Y cuando el chico corre a tocarse la entrepierna, vemos claramente que se trata de un pantalón de botones. Ostras, ahí hay que decir "La bragueta" y te quedas tan ancho. Aunque quizás es solo una estrategia para que nos adentremos en el encefalograma plano de una chica que no nota que lleva la falda metida en las bragas y el culo al aire... Si no se da cuenta de eso, ¿cómo queremos que sepa que lo de ese chico son botones?
En fin, que sí, que soy de las que se fijan si cuando cambia el plano en la película o la serie de turno, cambia también la posición de las cosas y de los personajes. Soy de las que se indignan cuando un personaje utiliza mal un pronombre. Soy de las que se plantean la verosimilitud de los guiones y de las que señalan cualquier fallo de coherencia que puedan descubrir. Pero no soy la única. Y eso me tranquiliza.
Un chico se ha dedicado a mirar si en los paquetes de sopa de letras Gallo estaban todas las letras del abecedario, y se ha quejado a la empresa porque ha detectado que faltan la U y la W. Podéis leerlo todo en http://mefaltanletras.blogspot.com donde Abel explica con todo lujo de detalles sus descubrimientos y su intercambio de mails con Pastas Gallo.
martes, 29 de mayo de 2007
Inmigración y sentido común
Tú vas a pescar. Te montas con tus colegas en tu barquito. Echas las redes para pillar unos atunes, que van carísimos en el mercado. Y mientras estás ahí, calladito, trabajando, sin molestar a nadie, te encuentras una balsita. En la balsita va un montón de gente y te piden si les puedes echar una mano, que van apretados. Así que les das agua y algo de comer, porque eres buena gente. Pero resulta que los desgraciados se empeñan en meterte en líos, así que se empiezan a hundir. Y tú, con todo el sentido común del mundo, los coges y los subes a tu barco, joder, que aquí hay espacio si nos apartamos un poco. Pero entonces resulta que no te dejan parar en ningún puerto, que te ponen problemas, que si dónde están los papeles de esa gente, que si para qué los traes aquí, bla, bla, bla. Seguro que si en lugar de ir en una balsa, hubiesen naufragado en un yate, a nadie les importaría que no hubiesen recordado coger el pasaporte mientras el yate se hundía. Así que, moraleja, la próxima vez que veas a unos morenitos hundirse en aguas heladas, les saludas y te vas pitando, no sea que no te dejen tomar tierra en ningún sitio.
Y eso me lleva a analizar los resultados electorales. Sí, yo soy así, así funciona mi cerebro. Morenitos hundidos = resultados electorales. Y es que ha habido algunos fenómenos preocupantes, un avance de algunos partidos abiertamente xenófobos y una derechización de feudos tradicionalmente de izquierdas. Y todo sale del mismo sitio, de los morenitos que vienen en balsa (los que llegan y no se hunden en aguas internacionales).
Seamos sinceros, nadie se va de su país por gusto. Bueno, no es cierto. Los burgueses del mundo lo hacemos. Vivimos un par de años aquí, otro allá, y a veces nos instalamos en otros países burgueses del mundo. Y nos gusta. Y no somos un problema para nadie, porque entre burgueses nos entendemos. Pero cuando alguien muy diferente a nosotros, que viene de un país muy diferente, con una cultura muy diferente y no es un burgués, llega a nuestra tierra, no lo hace por venir a disfrutar del sol, la paella, el gazpacho y la playa. Seguramente no nos lo encontraremos en un tablao flamenco sacando fotos y siguiendo el ritmo con las manos. No, la gente que realmente protagoniza los movimientos migratorios viene obligada por diversos motivos: la guerra, el hambre o la pobreza extrema suelen ser los más habituales.
En fin, yo no me escandalizo. Si hoy estallara una guerra en España, yo cogía a mis tres churumbeles y me iba. Ni me lo pensaba. Si de repente no tuviésemos comida y mis hijos sufrieran los efectos de esa pobreza, tampoco dudaría ni un segundo en hacer las maletas y marcharme a otro sitio donde tuviera la oportunidad de ganar dinero. Y poco me importaría que me despreciaran, me señalaran con el dedo o me trataran mal.
Movimientos migratorios hay desde que el mundo es mundo. Todos migramos en algún momento, y si podemos, volvemos después a nuestra tierra. Pero estos movimientos migratorios están empezando a ser un problema. No porque venga demasiada gente a los países bienestantes del mundo, porque eso es algo que a mí no me quita el sueño, sino por el efecto que esos movimientos están teniendo sobre los países de acogida.
Poco me importa que haya gente de diferentes colores en mi edificio, en el cole de mis hijos o en las tiendas del barrio. Si son buena gente, me da igual el idioma que hablen. Lo que me preocupa más, es el efecto que tienen sobre mis compatriotas, sobre los oriundos del lugar que empiezan a tener miedo y a justificar algunas medidas extremas que en otro momento les parecerían un atentado contra los derechos fundamentales de los seres humanos.
El problema es que no tenemos cultura de país de acogida y eso a la gente le da miedo. Te abren una mezquita junto a tu casa y te pones a temblar, pero te da lo mismo si es un salón del reino frecuentado por nativos de la zona. Afirmas que esa gente te quita el trabajo, no se quiere integrar y se reúne en guetos misteriosos. Tienes cosas y te da miedo que alguien te las quite.
Pero que la ultraderecha suba no es sinónimo de que se vaya a resolver el problema. Tampoco los papeles para todos serían lo ideal, por lo menos no hasta que se regule el movimiento migratorio extremo que vivimos en este momento. Las razones de la inmigración son más profundas. A estas alturas ya ni siquiera podemos resolver el problema con ayuda humanitaria. No se trata solo de invertir en los países más desfavorecidos. Nos hemos pasado años, o incluso siglos, siendo mudos testigos de conflictos, corruptelas y pandemias, cruzados de brazos. Ahora recogemos lo que sembramos y no sirve de nada que nos obstinemos en levantar muros más altos y en formar más cuerpos de seguridad. Son más que nosotros y tienen derecho a buscarse la vida.
Así que más vale que vayamos ideando otras estrategias y poniéndonos las pilas para que esa gente se pueda quedar en su casa si es lo que desea y para que nuestros conciudadanos vayan perdiendo el miedo a todo moreno que no sea de UVA.
Y eso me lleva a analizar los resultados electorales. Sí, yo soy así, así funciona mi cerebro. Morenitos hundidos = resultados electorales. Y es que ha habido algunos fenómenos preocupantes, un avance de algunos partidos abiertamente xenófobos y una derechización de feudos tradicionalmente de izquierdas. Y todo sale del mismo sitio, de los morenitos que vienen en balsa (los que llegan y no se hunden en aguas internacionales).
Seamos sinceros, nadie se va de su país por gusto. Bueno, no es cierto. Los burgueses del mundo lo hacemos. Vivimos un par de años aquí, otro allá, y a veces nos instalamos en otros países burgueses del mundo. Y nos gusta. Y no somos un problema para nadie, porque entre burgueses nos entendemos. Pero cuando alguien muy diferente a nosotros, que viene de un país muy diferente, con una cultura muy diferente y no es un burgués, llega a nuestra tierra, no lo hace por venir a disfrutar del sol, la paella, el gazpacho y la playa. Seguramente no nos lo encontraremos en un tablao flamenco sacando fotos y siguiendo el ritmo con las manos. No, la gente que realmente protagoniza los movimientos migratorios viene obligada por diversos motivos: la guerra, el hambre o la pobreza extrema suelen ser los más habituales.
En fin, yo no me escandalizo. Si hoy estallara una guerra en España, yo cogía a mis tres churumbeles y me iba. Ni me lo pensaba. Si de repente no tuviésemos comida y mis hijos sufrieran los efectos de esa pobreza, tampoco dudaría ni un segundo en hacer las maletas y marcharme a otro sitio donde tuviera la oportunidad de ganar dinero. Y poco me importaría que me despreciaran, me señalaran con el dedo o me trataran mal.
Movimientos migratorios hay desde que el mundo es mundo. Todos migramos en algún momento, y si podemos, volvemos después a nuestra tierra. Pero estos movimientos migratorios están empezando a ser un problema. No porque venga demasiada gente a los países bienestantes del mundo, porque eso es algo que a mí no me quita el sueño, sino por el efecto que esos movimientos están teniendo sobre los países de acogida.
Poco me importa que haya gente de diferentes colores en mi edificio, en el cole de mis hijos o en las tiendas del barrio. Si son buena gente, me da igual el idioma que hablen. Lo que me preocupa más, es el efecto que tienen sobre mis compatriotas, sobre los oriundos del lugar que empiezan a tener miedo y a justificar algunas medidas extremas que en otro momento les parecerían un atentado contra los derechos fundamentales de los seres humanos.
El problema es que no tenemos cultura de país de acogida y eso a la gente le da miedo. Te abren una mezquita junto a tu casa y te pones a temblar, pero te da lo mismo si es un salón del reino frecuentado por nativos de la zona. Afirmas que esa gente te quita el trabajo, no se quiere integrar y se reúne en guetos misteriosos. Tienes cosas y te da miedo que alguien te las quite.
Pero que la ultraderecha suba no es sinónimo de que se vaya a resolver el problema. Tampoco los papeles para todos serían lo ideal, por lo menos no hasta que se regule el movimiento migratorio extremo que vivimos en este momento. Las razones de la inmigración son más profundas. A estas alturas ya ni siquiera podemos resolver el problema con ayuda humanitaria. No se trata solo de invertir en los países más desfavorecidos. Nos hemos pasado años, o incluso siglos, siendo mudos testigos de conflictos, corruptelas y pandemias, cruzados de brazos. Ahora recogemos lo que sembramos y no sirve de nada que nos obstinemos en levantar muros más altos y en formar más cuerpos de seguridad. Son más que nosotros y tienen derecho a buscarse la vida.
Así que más vale que vayamos ideando otras estrategias y poniéndonos las pilas para que esa gente se pueda quedar en su casa si es lo que desea y para que nuestros conciudadanos vayan perdiendo el miedo a todo moreno que no sea de UVA.
sábado, 26 de mayo de 2007
lunes, 21 de mayo de 2007
Desnudas
El viernes pasado, mi pomelo disfrutaba de una cena en Construmat y mis tres retoños dormían y roncaban en su habitación, así que encendí la tele para que me hiciera compañía mientras recogía un poco y preparaba una lavadora (qué vida más excitante, amigos). Y como los fines de semana la televisión es infumable, terminé mirando, o más bien, mirando a trozos y escuchando, "Desnudas", el programa de Cuatro en el que mujeres acomplejadas aprenden a sacarse partido y a encontrarse atractivas.
No soy una gran aficionada a estos programas y no sé si realmente funcionan o tienen éxito entre el público televisivo, pero creo que un programa de este tipo se merece una felicitación enorme en forma de ovación ensordecedora con el público puesto en pie. Cada vez más, aquí y allá nos dicen a hombres y mujeres que debemos ser mejores, más guapos, más jóvenes, más delgados o más fuertes, más altos, más bajos, más rubios o más morenos. Y cada vez más se nos recuerda que no hay límite, que podemos pedirlo todo, porque si la naturaleza y la genética no nos lo han dado, siempre habrá un bisturí y una prótesis dispuestos a ponernos o sacarnos lo que haga falta.
La gente ya no tiene edad y es curioso como se nos intenta uniformar para que seamos todos iguales, sin rasgos distintivos. Mi pomelo y yo comentamos a menudo que las estrellas de la canción estadounidense, particularmente en sus vídeos musicales, son totalmente irreconocibles e indistinguibles, por el maquillaje y los filtros que se usan para grabarlas. Ninguna de ellas tiene marcas de expresión, pecas o cicatrices, todas tienen una cara lisa y perfecta en la que solo se pueden apreciar los ojos teñidos de negro y la boca pintada de rojo.
Si "Desnudas" es un buen programa, es principalmente porque no intenta convencer a nadie de que tiene un cuerpo perfecto. El programa se centra en elegir la ropa, el peinado y el maquillaje que mejor le sienta a cada una de las participantes, y en hacerles perder la vergüenza a exhibirse y a desnudarse. Se centra también en el refuerzo positivo, en potenciar las mejores partes de la anatomía y disimular las peores. En definitiva, en ayudar a las mujeres a recuperar su autoestima y su derecho a ser diferentes e imperfectas.
Felicidades a Cuatro por ir contracorriente mientras en otras cadenas se estrenan (y fracasan) programas en los que operan a las personas hasta dejarlas irreconocibles, sin pensar en los efectos psicológicos que tanta operación y tanto cambio puede tener sobre las participantes y sobre sus familias.
Y felicidades también, de paso, a Dove, que ha apostado por una campaña arriesgada que le está dando muchísimos beneficios, en la que las modelos de sus anuncios son mujeres guapas, pero normales y corrientes, permitiéndonos a todas las que no medimos metro setenta, ni usamos una talla 36, respirar aliviadas por vernos representadas en algún lugar y dejar de ser totalmente invisibles.
No soy una gran aficionada a estos programas y no sé si realmente funcionan o tienen éxito entre el público televisivo, pero creo que un programa de este tipo se merece una felicitación enorme en forma de ovación ensordecedora con el público puesto en pie. Cada vez más, aquí y allá nos dicen a hombres y mujeres que debemos ser mejores, más guapos, más jóvenes, más delgados o más fuertes, más altos, más bajos, más rubios o más morenos. Y cada vez más se nos recuerda que no hay límite, que podemos pedirlo todo, porque si la naturaleza y la genética no nos lo han dado, siempre habrá un bisturí y una prótesis dispuestos a ponernos o sacarnos lo que haga falta.
La gente ya no tiene edad y es curioso como se nos intenta uniformar para que seamos todos iguales, sin rasgos distintivos. Mi pomelo y yo comentamos a menudo que las estrellas de la canción estadounidense, particularmente en sus vídeos musicales, son totalmente irreconocibles e indistinguibles, por el maquillaje y los filtros que se usan para grabarlas. Ninguna de ellas tiene marcas de expresión, pecas o cicatrices, todas tienen una cara lisa y perfecta en la que solo se pueden apreciar los ojos teñidos de negro y la boca pintada de rojo.
Si "Desnudas" es un buen programa, es principalmente porque no intenta convencer a nadie de que tiene un cuerpo perfecto. El programa se centra en elegir la ropa, el peinado y el maquillaje que mejor le sienta a cada una de las participantes, y en hacerles perder la vergüenza a exhibirse y a desnudarse. Se centra también en el refuerzo positivo, en potenciar las mejores partes de la anatomía y disimular las peores. En definitiva, en ayudar a las mujeres a recuperar su autoestima y su derecho a ser diferentes e imperfectas.
Felicidades a Cuatro por ir contracorriente mientras en otras cadenas se estrenan (y fracasan) programas en los que operan a las personas hasta dejarlas irreconocibles, sin pensar en los efectos psicológicos que tanta operación y tanto cambio puede tener sobre las participantes y sobre sus familias.
Y felicidades también, de paso, a Dove, que ha apostado por una campaña arriesgada que le está dando muchísimos beneficios, en la que las modelos de sus anuncios son mujeres guapas, pero normales y corrientes, permitiéndonos a todas las que no medimos metro setenta, ni usamos una talla 36, respirar aliviadas por vernos representadas en algún lugar y dejar de ser totalmente invisibles.
viernes, 18 de mayo de 2007
De la libertad de prensa y otras minucias
Vuelven las elecciones cual turrón navideño a llenar nuestras pantallas y nuestras radios de mensajes tan vacíos de contenido que si intercambiamos los nombres de los partidos y sus logotipos, cualquier anuncio puede aplicarse a cualquier formación política.
En Catalunya, además, vuelven las quejas de los periodistas de la radio y la televisión públicas, que todas las elecciones se quejan de lo mismo: que desde el gobierno les controlan la manera de dar la información referente a la campaña electoral. En Catalunya (no sé cómo funciona en el resto de España), los programas informativos están obligados a presentar la información de la campaña en el orden que marca la cantidad de votos de cada formación. Así, la primera noticia debe corresponder siempre a la fuerza política que más votos obtuvo en las últimas elecciones, y la última noticia, al partido más humilde en cantidad de votos.
También el tiempo se estipula en función de la importancia de la fuerza política. Los partidos con más votos tienen más tiempo de información, mientras que los partidos pequeñitos tienen apenas unos segundos para desgranar propuestas o verter descalificaciones. Toma libertad de prensa. Toma derecho a la información.
La protesta de los periodistas del ente público es radical: dejar de firmar sus reportajes. Nadie sabe quién ha cubierto qué noticia. Una decisión valiente y guerrera.
Así llevan años, y siguen sin hacerles caso (bueno, ¿a alguien le extraña?). Y digo yo, ¿y si realmente no cubrieran esas noticias? ¿Y si un año se plantaran y dijeran que no van a informar de la campaña electoral porque no pueden hacerlo con garantías de independencia y objetividad? Sí, de acuerdo, se vulneraría nuestro derecho a la información, pero bueno, las teles ya deciden lo que es noticia y lo que no, ¿qué diferencia habría?
Pues la única diferencia que podría haber sería la respuesta de los políticos. Déjenles un par de días sin su minuto de gloria en el Telenotícies Migdia, y ya verán lo rapidito que nos cambian todo lo que les pidamos.
En fin, que aplaudo que los periodistas se quejen y se reboten, pero no sería mala idea que les dieran donde más duele y les obligaran a retirar esas directrices injustas e inmorales que atentan contra la libertad de prensa de la manera más elemental.
En Catalunya, además, vuelven las quejas de los periodistas de la radio y la televisión públicas, que todas las elecciones se quejan de lo mismo: que desde el gobierno les controlan la manera de dar la información referente a la campaña electoral. En Catalunya (no sé cómo funciona en el resto de España), los programas informativos están obligados a presentar la información de la campaña en el orden que marca la cantidad de votos de cada formación. Así, la primera noticia debe corresponder siempre a la fuerza política que más votos obtuvo en las últimas elecciones, y la última noticia, al partido más humilde en cantidad de votos.
También el tiempo se estipula en función de la importancia de la fuerza política. Los partidos con más votos tienen más tiempo de información, mientras que los partidos pequeñitos tienen apenas unos segundos para desgranar propuestas o verter descalificaciones. Toma libertad de prensa. Toma derecho a la información.
La protesta de los periodistas del ente público es radical: dejar de firmar sus reportajes. Nadie sabe quién ha cubierto qué noticia. Una decisión valiente y guerrera.
Así llevan años, y siguen sin hacerles caso (bueno, ¿a alguien le extraña?). Y digo yo, ¿y si realmente no cubrieran esas noticias? ¿Y si un año se plantaran y dijeran que no van a informar de la campaña electoral porque no pueden hacerlo con garantías de independencia y objetividad? Sí, de acuerdo, se vulneraría nuestro derecho a la información, pero bueno, las teles ya deciden lo que es noticia y lo que no, ¿qué diferencia habría?
Pues la única diferencia que podría haber sería la respuesta de los políticos. Déjenles un par de días sin su minuto de gloria en el Telenotícies Migdia, y ya verán lo rapidito que nos cambian todo lo que les pidamos.
En fin, que aplaudo que los periodistas se quejen y se reboten, pero no sería mala idea que les dieran donde más duele y les obligaran a retirar esas directrices injustas e inmorales que atentan contra la libertad de prensa de la manera más elemental.
jueves, 17 de mayo de 2007
A traición
Te estás sacando los pelos del entrecejo. O te estás peinando. O te estás probando unos pendientes espectaculares (como diría Leonardo Sbaraglia). O a lo mejor te estás maquillando para salir, o te estás afeitando, o te lavas los dientes. No importa mucho lo que estás haciendo, en realidad, la cuestión es que estás ocupado, y de repente te miras como por casualidad en el espejo. Y ahí está. Tiesa. Erguida. Insolente. Mirándote con sorna. Electrizada. Ondulada y delgada, pero destacando con una energía impresionante. La muy guarra.
Ahí está, es tu primera cana. Y la tía se ríe de ti. Está crecida, porque sabes que no puedes hacer nada contra ella. "Si la arrancas", se apresura a decirte tu tía, tu mejor amiga o la vecina cotilla, "te saldrán siete más". Y tú te quedas pasmado ante una afirmación tan científica.
Pero eso no cambia nada. Te la arrancas o te la peinas, buscas inquieto señales de otros pelos blancos y te tranquilizas unos minutos al ver que aún no es una plaga. Pero el espejo deja de ser lo que había sido hasta entonces. A partir de ahora, se acabó el mirar distraído, se acabó el pensar en otra cosa mientras engulles Oraldine para evitar la factura del dentista. A partir del momento en el que ha aparecido la primera señal, todas tus incursiones higiénicas pasan a ser un escrutinio constante del cuero cabelludo. De las sienes. De la nuca. Y el problema es que las canas, como los problemas, nunca vienen solas.
Las primeras diez te las arrancas, pero llega un momento en el que son legión. Y con legión me refiero a legión. Treinta, cuarenta, cincuenta. Bien alineadas, bien colocadas, todas juntas para asegurarse de que no las arrancas. Todas desafiantes.
Y tú, que todavía sabes el ochenta por ciento de las canciones de los 40 principales, que todavía vas a conciertos, que puedes seguir hablando con los chavales del instituto sin sentirte completamente desfasado, descubres que te has hecho mayor. Creías que a ti ese momento no te iba a llegar, que no eras como los demás, que tardarías mucho y que lo llevarías con dignidad. Pero el síndrome de Peter Pan y la crisis de los 30 no son términos inventados para describir extraños casos de enfermedades raras. No, amigo, no. Si alguien pensó en esas expresiones es porque es un fenómeno generalizado. ¿Verdad que no se llaman "sarcoidosis" ni "autoinmune"? ¿Verdad que House no perdería ni medio nanosegundo en comentarlo con sus avezados lameculos? Pues eso.
A traición, así aparece la primera cana. Y nos abre la puerta a un mundo lleno de Lady Grecian (o como se escriba, no entiendo por qué han quitado esos entrañables anuncios) y tintes, para que no volvamos nunca a ser los mismos.
Pero que conste que a mí me lo han contado.
Ahí está, es tu primera cana. Y la tía se ríe de ti. Está crecida, porque sabes que no puedes hacer nada contra ella. "Si la arrancas", se apresura a decirte tu tía, tu mejor amiga o la vecina cotilla, "te saldrán siete más". Y tú te quedas pasmado ante una afirmación tan científica.
Pero eso no cambia nada. Te la arrancas o te la peinas, buscas inquieto señales de otros pelos blancos y te tranquilizas unos minutos al ver que aún no es una plaga. Pero el espejo deja de ser lo que había sido hasta entonces. A partir de ahora, se acabó el mirar distraído, se acabó el pensar en otra cosa mientras engulles Oraldine para evitar la factura del dentista. A partir del momento en el que ha aparecido la primera señal, todas tus incursiones higiénicas pasan a ser un escrutinio constante del cuero cabelludo. De las sienes. De la nuca. Y el problema es que las canas, como los problemas, nunca vienen solas.
Las primeras diez te las arrancas, pero llega un momento en el que son legión. Y con legión me refiero a legión. Treinta, cuarenta, cincuenta. Bien alineadas, bien colocadas, todas juntas para asegurarse de que no las arrancas. Todas desafiantes.
Y tú, que todavía sabes el ochenta por ciento de las canciones de los 40 principales, que todavía vas a conciertos, que puedes seguir hablando con los chavales del instituto sin sentirte completamente desfasado, descubres que te has hecho mayor. Creías que a ti ese momento no te iba a llegar, que no eras como los demás, que tardarías mucho y que lo llevarías con dignidad. Pero el síndrome de Peter Pan y la crisis de los 30 no son términos inventados para describir extraños casos de enfermedades raras. No, amigo, no. Si alguien pensó en esas expresiones es porque es un fenómeno generalizado. ¿Verdad que no se llaman "sarcoidosis" ni "autoinmune"? ¿Verdad que House no perdería ni medio nanosegundo en comentarlo con sus avezados lameculos? Pues eso.
A traición, así aparece la primera cana. Y nos abre la puerta a un mundo lleno de Lady Grecian (o como se escriba, no entiendo por qué han quitado esos entrañables anuncios) y tintes, para que no volvamos nunca a ser los mismos.
Pero que conste que a mí me lo han contado.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


